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Y basta revisar alguna de esas obras para entender que intereses de July están centrados en esa generación que, teniendo conciencia de segunda o tercera mano sobre esa inocencia, ese romanticismo y esa irreverencia que siempre ha rodeado a la década de los sesenta, de la que al parecer, por sus gestos, gustos y apariencia sueñan haber pertenecido; ven con cierto desdén que viven encerrados en preciosas ánforas acolchadas y transparentes donde basta el click de un mouse para develar una incógnita, vía Wikipedia, claro; o encargar una pizza. Una generación que, además, por decisión propia han decidido ir revelando, en las afamadas redes sociales que nacieron justamente a la par de su entrada en edad, detalles íntimos tan relevantes como que tienen una relación con _______; o que en ese preciso momento están aburridos (perdón, cierto: la palabra es bored, porque además ahora todos mastican inglés), o que simplemente tienen hambre (que rara vez es: hungry).
En el 2005, July dio su brinco obligatorio al cine con: Me and You and Everyone We Know, donde escribe el guión, dirige y actúa; y a pesar de lo complejo que resulta seguirle el ritmo a ese a veces exasperante collage de personajes y situaciones que van enredándose y complicándose hasta el último acto, le fue bien: gana la Caméra d’Oren el Festival de Cannes de ese año, además que arrasa con reconocimientos y loas en los varios festivales de cine independiente, entre ellos el afamado Sundance, que fue donde nació la idea del largometraje un año antes; amén que varios críticos la incluyen en sus listas sobre los mejor de la década pasada. Por tal razón, la expectativa sobre lo que encontraríamos en su segunda cinta fue creciendo de forma ridícula. Quizá más ridícula que lo que fue creciendo su lista de detractores y fanáticos, pues si de algo sirvió esa exitosa incursión en el cine fue para sacarla de ese circuito de artistas independientes en el que tan bien se había desarrollado, para volverla meritoria de ese cliché mediático que dice: he aquí una voz original cuyo trabajo merece seguirse.
En el 2005, July dio su brinco obligatorio al cine con: Me and You and Everyone We Know, donde escribe el guión, dirige y actúa; y a pesar de lo complejo que resulta seguirle el ritmo a ese a veces exasperante collage de personajes y situaciones que van enredándose y complicándose hasta el último acto, le fue bien: gana la Caméra d’Oren el Festival de Cannes de ese año, además que arrasa con reconocimientos y loas en los varios festivales de cine independiente, entre ellos el afamado Sundance, que fue donde nació la idea del largometraje un año antes; amén que varios críticos la incluyen en sus listas sobre los mejor de la década pasada. Por tal razón, la expectativa sobre lo que encontraríamos en su segunda cinta fue creciendo de forma ridícula. Quizá más ridícula que lo que fue creciendo su lista de detractores y fanáticos, pues si de algo sirvió esa exitosa incursión en el cine fue para sacarla de ese circuito de artistas independientes en el que tan bien se había desarrollado, para volverla meritoria de ese cliché mediático que dice: he aquí una voz original cuyo trabajo merece seguirse.
A partir del 2006, July se ocupó en sus varios proyectos, sin visos reales de volver para un largometraje en forma. A lo mucho, realizó algunos guiones para cortometrajes de amigos.
Por esos años, escribe e interpreta un monólogo que presenta en varios escenarios independientes. Dicho monólogo, que manifiesta los miedos de una joven mujer que adquiere conciencia de su madurez, sentó las bases sobre las que estructuraría el guión de su dilatado segundo largometraje, en el que nuevamente actúa y dirige: The Future (2011, Alemania y Estados Unidos).
No tan bien recibido, ni por crítica ni por público, como su debut, The Future deja a un lado la enmarañada fórmula de su primera cinta para decantarse por un relato en línea recta, en la que una pareja de treintañeros, Sophie (July) y Jason (Hamish Linklater), al ver que los fuegos que sintieron nacer en sus veintes, cuando decidieron vivir juntos y encarar al mundo sin miedo, son ahora unos horribles carbones que lo han ennegrecido todo; deciden hacer un cambio en sus vidas: adoptar a un gato.
Tanto Sophie como Jason odian sus respectivos trabajos, que según ellos es el gran responsable de irles quitando el tesón que sentían necesitar para cumplir esos sueños que tantas noches de estrellas y primaveras se contaron. Trabajos que, encima, son tan mal pagados. Encuentran a Paw Paw, un gato callejero y herido que, según la veterinaria, le quedan cuando mucho seis meses de vida. O bueno: si lo tratan bien y le dan amor, fácilmente esos seis meses pueden volverse cinco años, les dice. Bendita relatividad. Es entonces que el pasar del tiempo, que a ambos les había sido tan sin importancia, les cae como una losa y los entierra en la caja de arena en la que viven y que desde hace mucho no han limpiado. Dentro de cinco años, dice Sophie, tendremos cuarenta años. Tener cuarenta es como tener cincuenta, dice Jason. Sophie traga saliva: y entonces... Se acabó.
Por esos años, escribe e interpreta un monólogo que presenta en varios escenarios independientes. Dicho monólogo, que manifiesta los miedos de una joven mujer que adquiere conciencia de su madurez, sentó las bases sobre las que estructuraría el guión de su dilatado segundo largometraje, en el que nuevamente actúa y dirige: The Future (2011, Alemania y Estados Unidos).
No tan bien recibido, ni por crítica ni por público, como su debut, The Future deja a un lado la enmarañada fórmula de su primera cinta para decantarse por un relato en línea recta, en la que una pareja de treintañeros, Sophie (July) y Jason (Hamish Linklater), al ver que los fuegos que sintieron nacer en sus veintes, cuando decidieron vivir juntos y encarar al mundo sin miedo, son ahora unos horribles carbones que lo han ennegrecido todo; deciden hacer un cambio en sus vidas: adoptar a un gato.
Tanto Sophie como Jason odian sus respectivos trabajos, que según ellos es el gran responsable de irles quitando el tesón que sentían necesitar para cumplir esos sueños que tantas noches de estrellas y primaveras se contaron. Trabajos que, encima, son tan mal pagados. Encuentran a Paw Paw, un gato callejero y herido que, según la veterinaria, le quedan cuando mucho seis meses de vida. O bueno: si lo tratan bien y le dan amor, fácilmente esos seis meses pueden volverse cinco años, les dice. Bendita relatividad. Es entonces que el pasar del tiempo, que a ambos les había sido tan sin importancia, les cae como una losa y los entierra en la caja de arena en la que viven y que desde hace mucho no han limpiado. Dentro de cinco años, dice Sophie, tendremos cuarenta años. Tener cuarenta es como tener cincuenta, dice Jason. Sophie traga saliva: y entonces... Se acabó.
El asunto es que Paw Paw (que por cierto, es quien narra la historia), les será entregado dentro de un mes por cuestión de sus heridas. Si muere a los seis meses, además de significar que la pareja es un fracaso cuando se trata de dar amor, solo pasará cinco meses con sus dueños ¡Ay ese maldito tiempo, siempre tan inclemente, y ay esa certidumbre de ser unos fracasos!
La espera de treinta días inspira a Sophie y Jason. Renuncian a sus trabajos, cancelan el internet, regresan a esa persecución de sus sueños: Sophie quiere hacer una pieza abstracta que exprese lo que se ha sentido estar viva. Jason quiere vivir el momento, sin preocupación y atento a lo que sucede en ese palpitante mundo del que estaba tan alejado por querer ser (o al menos parecer): el hombre de la casa. Mientras, Paw Paw se dedica a esperar en su jaula, contando cada uno de esos días que pasan y pasan y pasan... ¿Qué tanto son treinta días? Se pregunta.
La espera de treinta días inspira a Sophie y Jason. Renuncian a sus trabajos, cancelan el internet, regresan a esa persecución de sus sueños: Sophie quiere hacer una pieza abstracta que exprese lo que se ha sentido estar viva. Jason quiere vivir el momento, sin preocupación y atento a lo que sucede en ese palpitante mundo del que estaba tan alejado por querer ser (o al menos parecer): el hombre de la casa. Mientras, Paw Paw se dedica a esperar en su jaula, contando cada uno de esos días que pasan y pasan y pasan... ¿Qué tanto son treinta días? Se pregunta.
Lo malo es que en esa búsqueda por el tiempo perdido, Jason y Sophie pierden su enclave con el presente y comienzan literalmente a navegar a la deriva entre el tiempo y el espacio, que en su ir y venir a capricho, no les revelará secretos por venir, sino certidumbres que jamás queremos aceptar.
Tildar a July de alleniana, y por ello denostarla, es presumir que le pintamos una raya a ese tigre que se esconde tras las manecillas de cada reloj. Imposible dejar de pensar que Midnight in Paris y esta película no son dos versiones de ese mismo cuento que es entrar en edad, o como dicen por acá: agarrar talento. Lo que sucede con The Future es que no teme al ridículo, y por ello se vuelve un sardónico ensayo lúdico sobre qué demonios le significará madurar a los GenWiki, con su respectivo tufo indie.
Tildar a July de alleniana, y por ello denostarla, es presumir que le pintamos una raya a ese tigre que se esconde tras las manecillas de cada reloj. Imposible dejar de pensar que Midnight in Paris y esta película no son dos versiones de ese mismo cuento que es entrar en edad, o como dicen por acá: agarrar talento. Lo que sucede con The Future es que no teme al ridículo, y por ello se vuelve un sardónico ensayo lúdico sobre qué demonios le significará madurar a los GenWiki, con su respectivo tufo indie.
The Future o la advertencia de lo que sucede cuando te dedicas a planear meticulosamente todo lo que quieres hacer en los próximos cinco años, y no temes contárselo a medio mundo; o la analogía perfecta de qué ha pasado en tus últimos seis meses en los que la madrugada te encontró revisando los perfiles de tus amigos de Facebook, mientras marcabas: Me Gusta a todo lo que leías, veías y escuchabas. Sí, todo eso (y a lo mejor más), puede ser esta película si decides verla.
Condenada Miranda July, ella siempre haciéndonos pensar de más y expensas de ella misma.
Atentamente, el Duende Callejero...




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