El proyecto jamás se materializó. Bergman sufrió un colapso tanto físico como psicológico causado, según se dijo, por la presión tanto personal como mediática de esos cinco últimos años en los que se convirtió en un referente cinematográfico mundial.
Bergman fue recluido en un hospital. Mientras se recuperaba, replanteó Los Caníbales convirtiéndola en dos proyectos hermanados por una sola premisa: todos aquellos que pasan cierto tiempo viviendo o meramente conviviendo, además de acabar queriéndose aunque digan o piensen lo contrario, también acabarán pareciéndose y de paso, heredándose tanto lo peor como lo mejor de cada uno.
Los dos proyectos resultantes fueron las películas: Persona (1966) y La Hora del Lobo (1968, Vargtimmen). La primera, reconocida como la obra maestra de Bergman, que según Susan Sontag en el ensayo que aparece en: Estilos Radicales: conlleva una dosis casi ofensiva de sufrimiento; acabó convirtiéndose en una sombra que cubrió irremediablemente a la segunda. El propio Bergman, en su biográfico Images: My Life in Film, lo reconoce: Persona fue un hito... que me dio el coraje para seguir explorando el lenguaje cinematográfico... es una película más abierta y tangible... La Hora del Lobo, por su parte, es un concepto vago que conscientemente tiene su planteamiento en la desintegración temática y formal.
Los dos proyectos resultantes fueron las películas: Persona (1966) y La Hora del Lobo (1968, Vargtimmen). La primera, reconocida como la obra maestra de Bergman, que según Susan Sontag en el ensayo que aparece en: Estilos Radicales: conlleva una dosis casi ofensiva de sufrimiento; acabó convirtiéndose en una sombra que cubrió irremediablemente a la segunda. El propio Bergman, en su biográfico Images: My Life in Film, lo reconoce: Persona fue un hito... que me dio el coraje para seguir explorando el lenguaje cinematográfico... es una película más abierta y tangible... La Hora del Lobo, por su parte, es un concepto vago que conscientemente tiene su planteamiento en la desintegración temática y formal.
Hágase la luz... Ese parecería ser el grito que hace que la oscuridad en la pantalla desaparezca; pero no escuchamos ninguna voz, solo a una máquina iniciando su trabajo. Inicia la proyección con una toma que casi siempre pasa desapercibida: una película se desenreda de su carrete y entra en un proyector vibrando y saltando. De inmediato inicia su consecuente baño de luz que llevará a la imagen ahí plasmada a viajar unos cuantos metros hasta un gran lienzo rectangular.
Hágase la magia... Ese parecería ser el grito ahora que aparecen la primera y la segunda y la tercera y todas las imágenes en el tal lienzo... Pero no, seguimos escuchando esos sonidos mecánicos del proyector en plena faena, solo que ahora acompañados (¿o acaso es: acompasados?) por esos otros sonidos incidentales.
Así vemos a dos objetos que al juntarse producen fuego, una tarántula, un pene erecto, el dibujo animado de una mujer preparándose para nadar, una mano que es clavada en un madero, la cómica persecución del diablo y la muerte a un par de asustados mortales, el sacrificio de una oveja.
Aquello culmina en una morgue. Varios cuerpos sobre camillas, cubiertos con sábanas. Solo uno de esos cuerpos es joven. Y despierta. El joven observa en dónde está y quién lo acompaña y no huye. Solo saca, de entre su sábana, la novela Héroes de Nuestro Tiempo del ruso Mikhail Lermontov y comienza a leerlo, hasta que algo lo interrumpe. A unos metros de distancia, a un costado, en un lienzo rectangular se proyectan los rostros nublados de dos mujeres. Una con los ojos abiertos, otra con los ojos cerrados. Los dos tan parecidos. El joven deja la lectura, camina lentamente hacia esas imágenes, extiende su mano y las toca.
Así inicia Persona. Ese es su preludio o, mejor dicho, su planteamiento. En palabras del crítico sueco Mauritz Edström: ... es un recordatorio de nuestra proximidad con esa última frontera, cuando las palabras fracasan, las imágenes se vuelven redundantes y la realidad se disuelve.
La actriz Elisabeth Vogler (Liv Ullman) queda muda en medio de una representación de Elektra. Los doctores que la han examinado no encuentran ningún malestar físico que pueda justificar su mudez, así que convencidos de que lo suyo es psicológico, deciden recluirla en una casa de playa durante un verano, con la única compañía de Alma (Bibi Andersson), una joven enfermera que se encargará de cuidarla.
El mundo que rodea a ambas mujeres es un lugar convulso. Hay movimientos sociales en todos lados, algunos con resultados tan impactantes como la autoinmolación del monje budista Thích Quáng Dúrc. Todas esas historias alimentan la dosis diarias de imágenes tanto en los periódicos, con fotografías y textos; o en las pantallas de televisión, con imágenes y palabras. Elisabeth las consume todas. Parte de su tratamiento involucra que se aleje de todo eso. Pero Elisabeth tiene otros problemas de los que nunca podrá alejarse.
¿Su esposo, a pesar de su status de estrella y por tanto de objeto del deseo, es capaz de engañarla? ¿Y qué podría decirse de su hijo, que nació con una deformidad y que ella alejó de su exitosa vida encargándolo a unos familiares?
Aquello culmina en una morgue. Varios cuerpos sobre camillas, cubiertos con sábanas. Solo uno de esos cuerpos es joven. Y despierta. El joven observa en dónde está y quién lo acompaña y no huye. Solo saca, de entre su sábana, la novela Héroes de Nuestro Tiempo del ruso Mikhail Lermontov y comienza a leerlo, hasta que algo lo interrumpe. A unos metros de distancia, a un costado, en un lienzo rectangular se proyectan los rostros nublados de dos mujeres. Una con los ojos abiertos, otra con los ojos cerrados. Los dos tan parecidos. El joven deja la lectura, camina lentamente hacia esas imágenes, extiende su mano y las toca.
Así inicia Persona. Ese es su preludio o, mejor dicho, su planteamiento. En palabras del crítico sueco Mauritz Edström: ... es un recordatorio de nuestra proximidad con esa última frontera, cuando las palabras fracasan, las imágenes se vuelven redundantes y la realidad se disuelve.
La actriz Elisabeth Vogler (Liv Ullman) queda muda en medio de una representación de Elektra. Los doctores que la han examinado no encuentran ningún malestar físico que pueda justificar su mudez, así que convencidos de que lo suyo es psicológico, deciden recluirla en una casa de playa durante un verano, con la única compañía de Alma (Bibi Andersson), una joven enfermera que se encargará de cuidarla.
El mundo que rodea a ambas mujeres es un lugar convulso. Hay movimientos sociales en todos lados, algunos con resultados tan impactantes como la autoinmolación del monje budista Thích Quáng Dúrc. Todas esas historias alimentan la dosis diarias de imágenes tanto en los periódicos, con fotografías y textos; o en las pantallas de televisión, con imágenes y palabras. Elisabeth las consume todas. Parte de su tratamiento involucra que se aleje de todo eso. Pero Elisabeth tiene otros problemas de los que nunca podrá alejarse.
¿Su esposo, a pesar de su status de estrella y por tanto de objeto del deseo, es capaz de engañarla? ¿Y qué podría decirse de su hijo, que nació con una deformidad y que ella alejó de su exitosa vida encargándolo a unos familiares?
¿Y qué demonios pasa con ella misma, que no puede hablar?
En la casa de playa, a pesar de lo que las separa y las hace diferentes, las dos mujeres comienzan a relacionarse, a conocerse. Alma habla y habla, primero contando nimiedades, luego, aprovechando el silencio de Elisabeth, de sus dudas sobre su pasado libertino; sobre presente en cuanto a su desempeño como enfermera; y sobre su futuro, con un matrimonio arreglado en puerta.
Poco a poco, ambas mujeres irán dejando sus propias caretas y comenzarán a fusionarse como esos rostros nublados proyectados en aquel lienzo rectangular del inicio. Uno de los rostros con los ojos abiertos, otro con los ojos cerrados. Pero ambos tan similares.
El experto en Bergman, Jan Holmberg, alguna vez apuntó que: si Fresas Silvestres es la película de Bergman a la que más se le plagia, y el Séptimo Sello la más parodiada, entonces Persona es de la que más se ha escrito... Y hoy en día siento que cada vez que se ve, se toca un secreto sin palabras que solo el cine, en su condición de arte, puede descubrirnos.
En la casa de playa, a pesar de lo que las separa y las hace diferentes, las dos mujeres comienzan a relacionarse, a conocerse. Alma habla y habla, primero contando nimiedades, luego, aprovechando el silencio de Elisabeth, de sus dudas sobre su pasado libertino; sobre presente en cuanto a su desempeño como enfermera; y sobre su futuro, con un matrimonio arreglado en puerta.
Poco a poco, ambas mujeres irán dejando sus propias caretas y comenzarán a fusionarse como esos rostros nublados proyectados en aquel lienzo rectangular del inicio. Uno de los rostros con los ojos abiertos, otro con los ojos cerrados. Pero ambos tan similares.
El experto en Bergman, Jan Holmberg, alguna vez apuntó que: si Fresas Silvestres es la película de Bergman a la que más se le plagia, y el Séptimo Sello la más parodiada, entonces Persona es de la que más se ha escrito... Y hoy en día siento que cada vez que se ve, se toca un secreto sin palabras que solo el cine, en su condición de arte, puede descubrirnos.
El pintor Johan Borg (Max von Sydow), cuya relevancia mundial es ampliamente reconocida, desaparece sin dejar rastro. Deja, además del misterio de su desaparición, a su esposa embarazada Alma (otra vez Liv Ullmann), varias pinturas no terminadas y un extenso diario en el que relata su historia. Alma, rompiendo la cuarta pared, cuenta la historia que extrae de las páginas del diario de su esposo y de su propia experiencia durante esos últimos días antes de su desaparición.
Debido a una crisis tanto física como mental provocada tanto por su éxito como por sus tormentosas relaciones amorosas, Borg decidió exiliarse en una isla junto a su esposa, a la que engañó con una modelo. Alma no solo le perdonó el desliz, sino que accedió vivir ese hosco exilio con él.
Durante los días, su estancia en la isla fue pura felicidad. Gracias a que sus trabajos fueron bien pagados, el dinero nunca escaseó. La mujer se dedica a los deberes domésticos, comprando víveres a los pescadores y arreglando la casa, mientras el pintor camina por la isla y dedica su tiempo a trabajar. La idea inicial era mantenerse alejado del tumultuoso contacto social que lo había orillado a los hospitales, creando una nueva obra que les permitiera mantenerse de esa forma durante el tiempo que pudieran. Sin embargo, su pasada crisis le había dejado un legado: Borg era ya incapaz de dormir por las noches debido a sus pesadillas, en las que siniestros personajes hacían su aparición y lo acosaban.
Durante esas noches en vela, Alma escucha la repetitiva letanía en la que Borg se refiere a lo terrible que resulta la llamada hora del lobo: La hora en la que acaba la noche y comienza el amanecer, en la que más gente muere, más bebes nacen, los soñadores son acosados por sus más profundos miedos y los fantasmas y demonios son más poderosos. Alma lo escucha, lo acompaña. No lo contradice. Lo ama. Borg está volviéndose loco, eso es seguro, pero su esposa jamás lo cuestiona. Acepta sus desvaríos y agresiones debido a que lo ama.
Durante esas noches en vela, Alma escucha la repetitiva letanía en la que Borg se refiere a lo terrible que resulta la llamada hora del lobo: La hora en la que acaba la noche y comienza el amanecer, en la que más gente muere, más bebes nacen, los soñadores son acosados por sus más profundos miedos y los fantasmas y demonios son más poderosos. Alma lo escucha, lo acompaña. No lo contradice. Lo ama. Borg está volviéndose loco, eso es seguro, pero su esposa jamás lo cuestiona. Acepta sus desvaríos y agresiones debido a que lo ama.
Sin embargo ¿No está ella también volviéndose loca?
Sobre esos personajes escribe Borg. A ellos pinta. Las personajes son unos monstruosos insectos que comen carne humana, un hombre pájaro que lo acosa y reclama, una madura mujer de sombrero que lo seduce, un académico que primero dice admirarlo y después lo hace pedazos con sus críticas y un niño que no dice nada, solo lo observa vaya a donde vaya.
El problema es que un día, esas criaturas comienzan a visitar a la pareja por las mañanas, mientras él intenta iniciar un nuevo cuadro y mientras ella comienza una nueva tarea doméstica. Y no solo eso: en esa isla en la que debían estar solos, en las que solo debían ser visitados por pescadores cada tanto tiempo, llega un auto con alguien que dice también vivir en la isla, en un castillo del que jamás habían oído hablar, y además de decir que los conoce muy bien y que es un gran admirador de Borg, los invita a una cena en dicho castillo, en su honor.
La experiencia a la que Bergman nos somete con su Hora del Lobo sigue resultando apabullante. Cansa, exorciza, sacude. No es de extrañar que autores tan dispares como Stephen King (con su novela The Shining) y Lars von Trier (con su película Antichrist), le rindan reverencia.
Sobre esos personajes escribe Borg. A ellos pinta. Las personajes son unos monstruosos insectos que comen carne humana, un hombre pájaro que lo acosa y reclama, una madura mujer de sombrero que lo seduce, un académico que primero dice admirarlo y después lo hace pedazos con sus críticas y un niño que no dice nada, solo lo observa vaya a donde vaya.
El problema es que un día, esas criaturas comienzan a visitar a la pareja por las mañanas, mientras él intenta iniciar un nuevo cuadro y mientras ella comienza una nueva tarea doméstica. Y no solo eso: en esa isla en la que debían estar solos, en las que solo debían ser visitados por pescadores cada tanto tiempo, llega un auto con alguien que dice también vivir en la isla, en un castillo del que jamás habían oído hablar, y además de decir que los conoce muy bien y que es un gran admirador de Borg, los invita a una cena en dicho castillo, en su honor.
La experiencia a la que Bergman nos somete con su Hora del Lobo sigue resultando apabullante. Cansa, exorciza, sacude. No es de extrañar que autores tan dispares como Stephen King (con su novela The Shining) y Lars von Trier (con su película Antichrist), le rindan reverencia.
Tampoco que deba ser considerada, aún sin ser la mejor película de Bergman, como un título de obligada revisión.
Claro, esto último solo en caso de considerarse un verdadero cinéfilo. Tanto como para recordar que este 14 de julio Bergman cumpliría 98 años.
Claro, esto último solo en caso de considerarse un verdadero cinéfilo. Tanto como para recordar que este 14 de julio Bergman cumpliría 98 años.
Atentamente, el Duende Callejero...




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