sábado 18 de junio de 2011

Los Diamantes, Son Eternos

Dicen por ahí que recordar es vivir. Creo que en algún momento de mi vida pude haber defendido esa manida frase con algo más que palabras. Sin embargo, hoy ni de loco lo haría. Por esa razón, me la he pasado revisando viejas películas que criminalmente se han convertido en una masa de grises y plateados que alfombraban el piso de mi memoria. Igual estoy releyendo viejos libros por la misma razón, aunque los suyos son otros colores y están en otras ubicaciones. La intención es dar cuenta de ese ejercicio de revisión en este espacio, pues esto no se trata simplemente de recordar. Aquí de lo que se trata es de revivir y esta es la primer incursión al respecto.

La última película de la involuntaria trilogía sobre los estragos de la Segunda Guerra Mundial en las juventudes de Polonia, realizada por Andrzej Wajda, Popiól I Diament (1958, conocida por acá como Cenizas y Diamantes), sigue coreando con esa poderosa voz de contra alto su propio himno antibélico que aún ahora, cincuenta y tres años después de su estreno, logra seguir nublando los ojos y enchinando la piel.

Adaptación de la novela del mismo nombre, realizada por su propio autor: Jerzy Andrzejewski, toma su título de unos versos del poema del también polaco Cyprian Norwid:
Tan seguido te presentas encendido como una hoguera
desprendiendo incendiados fragmentos,
sin saber qué lograrán esas flamas: libertad o muerte.
Solo comprendes que consumen todo lo que te es preciado
¿Y si solo quedarán cenizas, significaría que lo que quieres es caos y tormentas
o es que podrán esas cenizas descubrir que la gloria es un diamante tan brillante como una estrella
que se levanta al amanecer con la esperanza de tan ansiado triunfo?
Al joven e idealista soldado del la facción conservadora del Ejercito Nacionalista de Polonia, Maciek (Zbigniew Cybulski), junto con su amigo y comandante en el campo, Andrzej (Adam Pawlikowski), justo en el día en el que debían estar celebrando la rendición de los alemanes y regresando a casa, les es ordenado asesinar al Secretario del Partido Comunista, Szczuka (Waclaw Zastrzezynski), que viaja hacia un pequeño pueblo sin nombre para dar cuenta de la celebración.

Las cosas no van bien en Polonia. Apenas han caído los enemigos comunes, cuando el Ejercito Nacionalista ya se ha dividido en dos facciones: la conservadora y la liberal. El atentado contra ese alto mando de la facción liberal dará un punto a favor de los conservadores y quizá hasta inicie una guerra civil, pero lo único que importa es ver quién se puede quedar con el poder y de la forma más rápida.

El atentado en carretera falla, teniendo como único resultado la muerte de dos civiles. Dos inocentes, piensan Maciek. El alto mando, incluyendo a Andrzej, le dice que habrá que seguir adelante, que los dos muertos son meros daños colaterales, que hay una nueva y última oportunidad en un banquete que se celebrará en un lujoso hotel. Sin embargo Maciek ya no está tan seguro de querer terminar su misión: el recuento de esos daños colaterales, además que las varias estratagemas políticas en las que ha participado en su aún corta vida, que incluyen el tal asesinato y que involucra la virulenta participación de un doble agente encargado de la seguridad de Szczuka, Drewnowski (Bogumil Kobiela), ya han causado sus estragos en el joven. Para colmo, una relación amorosa comienza a surgir entre él y una empleada del hotel, Krystyna (Ewa Kryzewska). Relación que le hace ansiar una vida sin armas, celebrando la tan ansiada paz por la que tanto luchó y que sabe que de seguir adelante con el asesinato, jamás llegará.

El dilema de Maciek es claro: las armas les dieron libertad al pueblo y las tantas muertes que se han sumado desde que se organizó la insurrección, quedaron justificadas con la rendición del enemigo. Pero se debe entender que ha llegado el día en el que lo mejor es colgar esas armas en un ropero o tras alguna puerta, antes de que portarlas y dispararlas se vuelva la costumbre con la que se resuelven todos los problemas. Y él, con su asesinato, es quien tiene la decisión de qué destino le espera a Polonia.

Szczuka, por su parte, tiene su propia historia. Héroe para el comunismo que vivió los horrores del nazismo, dejó a su único hijo al cuidado de un familiar mientras recorría el mundo defendiendo la ideología del partido. Ahora regresa viejo y cansado solo para encontrar que ese hijo, por culpa de las ideas políticas que ya dividen a su pueblo, es un prisionero más del propio ejercito y de la propia facción en el que él sirve. Esa es la razón por la que se ha adentrado hasta esa tierra de nadie, poniendo en riesgo su vida y cuestionándose también de qué ha valido todo ese servicio prestado, si bien sabe que el futuro que le depara a ese único hijo, por el que indudablemente se levantó en armas, es algo que está fuera de sus manos.

Wajda es claro: toda guerra es un error, siempre. No importa quién gane o quién pierda o qué se logre después, el único resultado posible es dolor, sufrimiento, rencor, ruinas y cenizas.

Aunque el trabajo del cinematógrafo Jerzy Wojcik es impresionante, logrando empatar la tibieza del neorealismo de Italia con la frialdad del expresionismo de Alemania; lo que más destaca es su fuerte discurso político, planteado con toda la gloria que la ambigüedad otorga, y con la venia del totalitario partido comunista que durante esos años gobernaba los países del este de Europa. Algo que claramente parece un balazo en el pie.

Además, Wajda logra capturar esa esencia que emanaba el cine norteamericano de aquella época. El cine de jóvenes sentimentales y rebeldes al tipo de esos lugares comunes llamados Marlon Brando en The Wild One (1953) o James Dean en Rebel without a Cause (1955), y que en la hamletiana figura del también trágico Zbigniew Cybulski, crea uno de esos contados iconos que, de llegar a conocerlo, como los diamantes a los que hace referencia tanto el poema ya citado como el título de la película, eterno será.

Atentamente, el Duende Callejero...

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