domingo 19 de junio de 2011

Excesos Sumados

Dos hermanos casi adolescentes, uno llamado Nick (Sebastian Bull Sarning), y el otro cuyo nombre desconoceremos (Mads Broe Andersen), se hacen cargo de su hermano menor, aún bebé, mientras su alcohólica madre hace de las suyas.

Ellos piensan que es un milagro que ese bebé esté vivo con una madre como la que tienen, así que la esperanza de que no sufra ni las carencias ni la violencia que a ellos ya los ha marcado, es lo que los vuelve esos guardianes que prodigan afecto, amor y seguridad aún cuando sea completamente incongruente que unos simples niños puedan cargar con la responsabilidad de ser tanto padres de ellos mismos, como de un bebé.

Los dos hermanos bautizan al bebé como ellos creen que se deba bautizar a un bebé. Al otorgarle un nombre, además de existencia le han otorgado un destino. Quizá eso piensen. Quizá por eso lo han bautizado.

Ambos hermanos se saben al dedillo la rutina: preparan el biberón con la cantidad y la temperatura adecuada, revisan el pañal, lo cambian si así se requiere. Lo hacen mientras se pelean por el control remoto de la televisión o encienden un cigarro, o mientras bailan y escuchan música a todo volumen. Y sin quejarse. Sin embargo, una noche, tras una pelea con su madre luego de que le escondieran una botella y ella enloqueciera, y los cacheteara, los dos deciden darse un descanso. Alimentan al pequeño hermano, lo acuestan en su cuna, y aunque el bebé sigue llorando y no se calla, deciden mandar al diablo ese encargo jamás pedido y mejor descargan su furia y su tristeza en una pelea que termina en un baile enloquecido, que los agota.

Llega la mañana. Asustados por el silencio, van a revisar al bebé. Lo encuentran muerto. Lentamente, la pantalla se va a negro.

Ese puñetazo, que en sí mismo podría ser un cortometraje redondo, es solo el prólogo de Submarino (2010; Dinamarca, Suecia), hasta el momento la última cinta del cineasta danés Thomas Vinterberg (Copenhagen, 1969). Lo que sigue es un muy sobrio y bastante sórdido ejercicio de narración fragmentada que relata lo sucedido varios años después de ese evento.

Los dos hermanos han sobrevivido a la adolescencia y han llegado a la madurez, pero separados. El mayor, Nick (Jakob Cedergren), es un ex-presidiario que vive del presupuesto del gobierno gracias a su desempleo. No busca trabajo, se gasta lo poco que recibe en alcohol, en comida y en un gimnasio en el que va construyendo ese musculoso cuerpo que parece ser su única preocupación. Suele recibir los favores de Sofie (Patricia Schumann), su vecina, que lo toma como un escape de sus propias frustraciones. También busca no liarse en peleas innecesarias y charla con Ivan (Morten Rose), su ex-cuñado bueno para nada que siempre está pensando y hablando de sexo.

A veces Nick se da el tiempo para buscar a su hermano menor (Peter Plaugborg), que quedó viudo, con un hijo casi adolescente llamado Martin (Gustav Fischer Kjaerulff), una adicción a las drogas que va consumiéndolo poco a poco y cuyo oficio consiste en vender heroína y quitarse de encima a cualquier autoridad social que quiera separarlo de su hijo.

Pero cada uno de esos intentos de Nick termina en un callejón sin salida.

El guión de Vinterberg y de Tobias Lindholm, que adapta a la novela del mismo nombre, escrita por Jonas T. Bengtsson, se construye por medio de dos ventanas contrapuestas. Durante la primera parte atestiguamos la historia de Nick, que termina con otro puñetazo en el rostro. Luego pasamos a la historia de ese anónimo hermano menor suyo y su lucha por no repetir la historia ocurrida con ese hermano bebé. Al final tenemos un epílogo, que es cuando ambos se encuentran. Lo interesante es que cada parte puede verse como una historia independiente o bien como la parte de ese todo que es la película.

La gran constante: un impresionante y corrosivo retrato de una sociedad decadente y fatalista, enmarcada en una fría y violenta ciudad que, sumida en sus propios excesos, lleva mucho tiempo asfixiándose a sí misma, casi como si de una práctica sexual extrema se tratase.

Sin embargo, Submarino no es una lección de buceo en las aguas negras de una cepa de eso que llamamos sociedad moderna. Tanto Vinterberg, tan alejado ya de ese chiste llamado Dogma (y por tanto de la sombra de Lars von Trier), como sus dos actores: Cedergren y Plaugborg, logran no volver o monstruos o caricaturas a esos personajes que, por más increíble que parezca, siguen guardando la esperanza de que la vida es un milagro que ellos mantienen por algo. 

Un milagro que no se pide, menos se elige. Se mantiene, se soporta y se lucha.

Pues difícil no es destruir algo. Difícil es mantenerlo unido.

Atentamente, el Duende Callejero...

1 Personajes célebres que aún no mueren, opinaron...:

xixe dijo...

Me encanta saber lo que opinan otros de películas que no he visto para llegar mas preparado para apreciarla y criticarla en su correcta dimensión. Esta en particular parece interesante. Saludos.