martes 21 de junio de 2011

Dulce Engaño

Una mesa. Sobre la mesa: un micrófono y unos vasos largos con agua. Un personaje se acerca al micrófono, comprueba que está encendido, observa a un auditorio que nosotros no vemos, pero que sí escuchamos. Está ansioso. El personaje explica, en italiano, que el evento se está retrasando por la inexplicable ausencia del expositor: el crítico de arte inglés James Miller (William Shimell), que viene a presentar su libro y su teoría de que en el arte, la copia es tan valiosa como el original. Está en eso cuando James Miller llega, por fin: lo sabemos por el pequeño escándalo que se arma al fondo del salón, que aún no vemos, por la atención que pone el personaje que acapara el micrófono hacia uno de los costados del encuadre, y por la breve aparición de otro personaje, un miembro del staff seguramente, que le trajo la noticia.

Cambio de plano: la sala es pequeña pero está concurrida. James Miller, un hombre maduro, delgado, con el pelo un poco largo y cano, llega al salón saludando al público y deteniéndose para firmar algunas copias de su libro. El personaje del micrófono le informa que puede hacer eso al finalizar la charla, que por favor pase al frente pues es tarde, la charla debe comenzar ya.

Esa escena inicial, en apariencia sencilla, planteada mediante la sucesión de unos planeados encuadres y unos elegantes cortes, marcará la constante sobre la que se sostiene enteramente Copie Conforme (2010; Francia, Bélgica e Italia): nada más complejo que lo que en apariencia es sencillo.

A la presentación llega una madura pero aún bella coleccionista de arte y antigüedades francesa de la que nunca conoceremos su nombre (Juliette Binoche). Viene para invitar al crítico a un viaje a un pueblito perdido en la Toscana, en el que se encuentra un precioso cuadro renacentista que quizá a él le interese conocer. Miller le informa que le agrada su invitación y que le encantaría aceptarla, pero que debe salir en el vuelo nocturno. Ella insiste y, bueno, él accede.

Al pueblo van en auto. Ella maneja y habla y habla y habla, mientras él escucha y le contesta y se entretiene en sus asuntos. Así llegan al pueblo. El cuadro que ella quiere mostrarle es en realidad una copia, y aunque todo el pueblo y los visitantes lo saben, y hasta una placa que lo certifica se exhibe en la misma sala en la que está el cuadro, igual lo siguen atesorando y admirando. La anticuaria quiere demostrar lo convencida que está de la idea que Miller sostiene en cada una de sus presentaciones y en su libro: desde siempre, la originalidad ha estado sobreestimada, todo ha llegado a ser una mera copia, pues lo original indica solamente inicio, mientras que la copia indica algo más interesante: seguimiento. Así que no por ser eso, seguimiento o copia, lo admirado pierde su valor. La cuestión, por tanto, lejos de estar en cómo podemos distinguir tanto una copia de un original, deberá centrarse en qué valor podríamos darle a la tal copia y al tal original, si desde siempre nos hemos atenido, para tales menesteres, en algo tan precario como la percepción.

Y encima, sabiendo que todo lo que pueda llamarse arte se erige sobre cosas sin vida.

Abbas Kiarostami, director y autor del guión, llamado el padre de la nueva ola de cine iraní, dueño de una filmografía esencial para todo aquel que peque de cinéfilo, nos plantea esa idea entregándonos este gran homenaje a ese casi siempre malogrado arte de narrar ficción y que a su vez es su primer película occidental.

Miller y la coleccionista llegan a un café a descansar. Han pasado ya mucho tiempo juntos ese día, así que sus intercambios verbales ha cambiado del simple contesto tu pregunta, ahora contesta la mía, al desacuerdo y a la explosión controlada. La dueña del café, al observarlos, les pregunta cuánto tiempo llevan casados ¿Quince años? Porque por sus riñas parecen eso: una pareja de casados con quince años a cuestas pero enteramente enamorados. Ellos deciden no contradecirla. Sí, dicen, tienen eso, quince años casados ¿Cómo lo supo?

Quince años. Toda una vida, podría pensarse. Sin embargo ¿Cuánto tiempo ha pasado de metraje hasta ese momento, hasta ese engaño? ¿Cuarenta minutos? ¿Quizá menos? ¿Son esos minutos toda una vida?

Ah, qué encantadora trampa nos planta siempre la ficción bien contada. Ah, qué dulce engaño es el cine. Ah, qué genial director resulta este Kiarostami occidental, indudable copia certificada de ese otro Kiarostami de larga y reconocida carrera en oriente. Ah, qué solemne y aburrida es esta cultura nuestra, la occidental, tan bastarda y tan preocupada tanto intelectualmente como filosóficamente, por demostrar su valía mediante el señalamiento sistemático de originales y de copias, mientras se la lleva ensayando, tan áridamente como le es posible, su valía a quién se deje o se descuide.

Lo reitero: nada más complejo que lo que en apariencia es sencillo. Como la belleza, como la felicidad, como el gozo o como las buenas y más peligrosas trampas.

Atentamente, el Duende Callejero...

3 Personajes célebres que aún no mueren, opinaron...:

xixe dijo...

Tendré en cuenta esta pelìcula. Me encanta este blog pues aprendo un poco de crítica de cine. Saludos.

kolinazo dijo...

Esa simpleza formal que mencionas es de las cosas mas delirantes de este largometraje; esas tomas simetricas de ellos sentados en lados opuestos de la mesa, de ellos arreglandose en el espejo, esas tomas circulares para establecer espacios de una, esos two shots largos de ellos platicando en el coche..en fin, como dices duende, nada mas cabron que lo que parece simple. Un saludo.

El Duende Callejero dijo...

Xixe: Saludos...

Kolinazo: Esta película es, como dicen por ahí, una carta de amor al uso del espacio en el encuadre. Eso juega tanto en cada situación sin importar si el personaje está en un baño, frente al espejo.