miércoles, 3 de marzo de 2010

Sobre El Dolor, El Deseo, La Ficción Y Cosas Peores

Esto va para Danira... Supongo que si lo lee sabrá la razón y posiblemente dirá ¡Rayos!... 

Introducción (saltársela si no quieren conocer pormenores altamente personales y por ello enteramente irrelevantes. Ni se recomienda discreción)

Hace más o menos una semana y algunos días, una versión más jodida de mi le tocó escuchar a Alberto Chimal (1970, Toluca México) presentar animadamente una novela. No pregunten ni el nombre de la novela ni otras particularidades, mi memoria regularmente es mala. Por eso tomo notas (o como me dijeron una tarde: garabateo ese lenguaje extraño y tan particular que al rato ni yo puedo descifrar).

Y bueno, pasó lo que tenía que pasar: extravié las notas. Las garabateé en una hoja suelta que creí guardar en uno de los tantos programas que recibí en mis entradas y salidas del evento aquel. Aquí tengo el programa, pero sin hojas sueltas, sólo intentos de círculos encerrando presentaciones y pláticas escogidas, boletos sueltos tanto del metro como del evento y una tarjeta de presentación que aún huele a gasolina.

Ah sí, no pregunten la razón por la que dicha tarjeta ostenta tan curioso perfume.

El caso es que durante esa corta charla (el evento en el que se presentó la tal revista parecía, por su manejo de horarios, una cabina de privados en un strip-bar de lujo: imposible pasarse un solo minuto de esos 45 que estaban pactados), caí en cuenta que tengo meses faltando a una costumbre: escribir algo referente a esa lectura de la semana que por alguna razón me pareció notable. Y claro, tomé nota de eso. La nota más o menos era así: al regresar, escribe sobre la novela de Chimal que leíste. Claro, esa nota se perdió junto a las otras. Por eso no puse manos (¿dedos?) a la obra hasta el día de hoy, que ocupé mi madrugada a escribir y re-escribir unos textos que me orillaron a ponerme a revisar las hojas de esas libretas que he armado. Libretas caseras cargadas de más garabatos y uno que otro dibujo. Así encontré todas esas notas que escribí al vuelo mientras leía la novela Los Esclavos de Alberto Chimal (2009, Editorial Almadía). Luego, llegué al trabajo y descubrí que por otro evento las actividades laborales se habían detenido (aunque no le veo mucha relación al parón laboral con una actividad como esa, pero rayos diría alguien que usualmente dice rayos: ¿Para qué complicarse la vida con relaciones causa-efecto-defecto?). Así que aquí estoy deseando silencio (o al menos música que me guste), un poco de café negro (sé donde hay, sólo hago tiempo para ir por él), soledad (ya van siete veces en las que tengo que contestar, con juramento incluido, que estoy solo en este lugar, que no hay nadie más), y escribiendo por fin, amparado por las notas que hace casi medio año garbataeé, mi comentario sobre la que es hasta ahora la primera novela de Chimal.

Pasemos a lo que podría ser interesante...

Parte 1: Epígrafes para una nueva Ley del Deseo

No conviene rascarse la cabeza, Chimal y el deseo no son extraños. Cierto, cierto, cierto... Al de Toluca se le conoce como un referente de la literatura fantástica y como impulsor de talleres literarios y como uno de los precursores de la escritura electrónica con sus bitácoras en línea. Por ahí me enteré que hasta se le puede conocer como fabulista secreto, lo que sea que eso signifique. El caso es que si uno intenta comprender qué tornillo se le safó a Chimal para presentar como primera novela una historia ajena a cualquier clave fantástica, el problema es de uno como lector, no del escritor.


El Chimal que conocimos por Grey (2006, Editorial ERA) o por Éstos Son Los Días (2004, Editorial ERA), entre otros, quizá nos presente relatos en los que se debatan trasuntos mitológicos que trastoquen el rostro de la narrativa mexicana, esa que pareciera tan anclada en los deberes del cronistas del desencanto o la rabieta etimológica. Sin embargo, no debemos engañarnos: la Ficción es simplemente ficción, sea con F o con f. Por ello, al leer esta primera novela Los Esclavos convendría entender que si algo ha mantenido la obra de Chimal es precisamente ese tema central, tan escabroso como sabroso: contamos historias, porque eso es lo único que importa.

Sobre esa fórmula descansa el deseo del que se vale Chimal como narrador. Ese deseo del que no es extraño: no el de trascender o de ser conocido, su deseo simplemente es el de contar una buena historia que quede en la mente del lector sin la necesidad de la compañía de su autor aunque sea por cuestiones nominales.

Ese deseo se nota hasta en su escritura. Una escritura que sostiene una narración contenida por una suma de frases que, de quererse, podrían servir de epígrafes para otras historias. La pregunta, claro, asalta ¿Serán esas historias las nuestras?

Chimal mismo advierte tantas cosas con los epígrafes que usa: Los Esclavos abre con uno de Pierre Choderlos de Laclos. Venga pues esa predisposición del lector enterado: vamos a sumergirnos en una historia de poder, de control, de dolor, de deseo. Relaciones peligrosas. Quizá por esa razón, ese cuento largo que estamos por tragarnos, ese que es novela sólo por cuestiones semánticas, ese que empieza con la frase: Marlene enciende las luces, lejos de ser sentirse una mona distópica o de ser, por sus varias escenas sadistas y pornográficas y masoquistas y crueles y demás, una afrenta al sentido común, se convierte con todo y ese final que reza: Golo entra a la casa y cierra la puerta, en un mero epígrafe para una nueva Ley del Deseo que no es más que la evocación de una serpiente mordiéndose la cola.

El lector deberá aceptarse vouyerista. Sólo así iniciará el disfrute.

Chimal juega, con esta primera novela, al modelo para armar que nada le debe a ese que quería un château saignant. Los Esclavos se someten a la elipsis pues todo no es más que una ida y un regreso al lugar de origen. Aquí la moneda que baila en el aire presenta la misma esfinge en sus dos caras y tanto el que la lanza como el que pretende adivinar lo saben.

Fuera máscaras: esta es una historia de amor que, por estos tiempos que corren, pareciera que es la única que merece contarse.

El lector deberá aceptarse masoquista. Sólo así acabará el disfrute.

Parte 2: La Perversidad es una Virtud


Marlene dice tener clase, dice tener poder, pero lo suyo no es negocio ni es Arte. Hace películas en las que el protagonista es el sexo y la perversión. Pero dichas películas no le generan ganancias. Sólo son el pretexto para someter a su no tan oscuro objeto de su deseo: Yuyis, su hija, su amante, su discípula, su estrella ¿Su sustento?

La matriz de su negocio está en un pueblo que no es, por aquello de los lectores eruditos que dicen saber de todo, San Francisco del Rincón Guanajuato. Menos es San Pedro de los Corrientes. En una casona tan decadente como sus deseos.

Yuyis sólo conoce el cautiverio. No tiene más referente que esos personajes que deambulan por la casa, el collar que se aferra en su cuello y los deseos y exigencias de Marlene. No se puede hablar de inocencia en una situación sin parámetros. De la misma forma, Marlene que sí tenía otra vida, que sí puede hablar del bien y del mal, por fuerza de la costumbre comienza a olvidarlos. Para ella sólo hay órdenes, plazos a cumplir a los que jamás llegan, y el deseo de una calidad que jamás será alcanzada.

Por otro lado, ya no en un pueblo anónimo sino en una ciudad anónima, están Golo y Mundo. Ninguno de esos dos son sus nombres, ninguno de los dos sabe más del uno del otro que dónde presionar para sacar el tan deseado grito. Ninguno de los dos puede vivir sin el otro. Golo, millonario, regularmente aburrido, la parte activa y sádica de la pareja, escoge a Mundo, burócrata, sublimado, la parte pasiva y masoquista de la pareja, que ha sido secuestrado pero que mantiene contacto telefónico con su vida pasada, con su esposa principalmente. Golo lo deja con una condición, escuchar las conversaciones y masturbarse. Sólo que esas conversaciones han ido de más a menos. De hecho, la relación está por irse al garete víctima de la maldita costumbre.

Ambas historias, en planos temporales y físicos alejados, encuentran su común denominador en la perversión y la sumisión como motor de la naturaleza humana. Cada uno de los personajes es un esclavo que se sabe dominado y dominador. Dos parejas fallidas con sus historias fallidas con naturalezas fallidas inmersas en una sociedad fallida. Definitivo: ante tanto fallo, debe haber una virtud...

Si algo no falla es que todos, quizá en el fondo o a flor de piel, nos rendiremos ante la perversión.

¿O no es por eso y por el ansia de control que tendemos a emparejarnos? ¿Por qué voltear ante el espejo? ¿A dónde fijamos nuestra mirada en esos momentos?

¿Por qué de pronto, hasta en las perversiones, nos creemos tan especiales?

Parte 3: Placeres Intolerables

Los Esclavos se presenta con incisos dispuestos en desorden. El lector puede, de querer, seguir el orden dispuesto por la lectura lineal o crear su propio orden.

Chimal no se sustrae del juego literario al afirmar, al inicio de uno de sus capítulos, que: En lo dicho hasta ahora hay varias mentiras ¿Es que el realismo deberá caer por su propio peso?

Los capítulos son cortos. Parecen latigazos. Pero no duelen. Entonces deberán ser caramelos. Aunque no empalagan. Los capítulos son cortos, describen escenas. En ellas sí hay uno que otro latigazos y uno que otro caramelo. Esos tampoco duelen ni empalagan.

El amor siempre está presenta a pesar de las telarañas y las sombras y los gritos y los cortes con navaja y las cadenas y las cámaras. Los Esclavos podría tener como subtítulo ese cliché que es: Una Historia de Amor. Puesto que qué más es el amor si no un pacto entre esclavos donde uno somete al otro buscando esa utopía que es: la felicidad. La mutua felicidad.

Y la base, claro, no está ni en decirlo todo o querer saberlo todo. La clave está en respetar el silencio del otro. La clave está en conformarse no con poco o con mucho, sino con lo que se tiene.

Ese es, habría que decirlo, el final tan deseado para todo. Inclusive para esta novela.

La clave está en saberse esclavo y no buscar más libertad de la que se tiene y se merece.

La clave está fuera de este libro. Fuera de este escrito. Fuera... Allá afuera.

Sí allá ¿Qué hacen leyendo aún todo esto? ¡Rayos!

Atentamente, el Duende Callejero...

2 Personajes célebres que aún no mueren, opinaron...:

dannaart dijo...

¡Rayos! Eso ya me lo habían dicho... No de "¡Rayos!" ¿O no digo tanto "¡Rayos!"? ... bueno, sabe... ¡Rayos! ... Mmm! See, ya... eh... ya me lo habían dicho, ah, ya lo dije... ¡Rayos! ... dicen que eso se pega, ¡rayos!... Mejor re-leo eso... bueno, no... me quedó claro... aunque no haya leído la novela, pues ya me lo habían dicho ¿no? ... o al menos lo último, creo... ya no sé, pero usted sí sabe.

Bueno, ya lo leí... Mmm, ¡rayos!, mejor me voy.

dannaart dijo...

Ah, otra cosa... sí, sí... yo sé la razón y sí, ¡rayos!