martes 3 de noviembre de 2009

La Llamada



Y como siempre, esto fue, es y será para Betty...

Todos los días sucede lo mismo: el teléfono suena justo cuándo mis llaves caen sobre la mesa que tengo a la entrada. Entonces, corro a levantar el auricular para emitir un agitado bueno y nada. Sólo escucho el silencio.

Debo confesarlo, cuándo este asunto comenzó, no le di mucha importancia. Durante aquellos primeros días pensé que sólo se trataba de una broma y eso me divertía. Pero ahora, ya tan cerca de cumplir un año de esas llamadas, simplemente no creo que siga siendo tan divertido dejar a la ligera una realidad: alguien me espía. Día a día, al llegar a mi casa, sé que esa llamada me estará esperando ¡Una locura! ¿Quién sino un loco puede tener la paciencia para reservarse ese momento en el que un llavero chapa de cobre toca la madera de una mesa sin importarle la hora o el día? Aunque, ahora que lo recuerdo, fue cuando pasaron aquellas primeras cuatro semanas que conformaron el primer mes cuándo formulé otra hipótesis: la llamada debía ser de un conocido, tal vez alguien del trabajo que haya invitado a casa alguna vez. Alguien muy observador que se las ha ingeniado para adivinar las bases de mis horarios y de mi ritual. Sí, ese ritual que todos tenemos al llegar a casa. Ese que a veces nos hace correr al baño o ir a la cocina para tomar algo o ir de lleno al gabinete del teléfono para enterarnos si tenemos mensajes en la contestadora o quizá que sólo nos limita a encender el televisor y hacer nada. Tal hipótesis fue descartada gracias a que la contestadora nunca guardó mensaje alguno antes de mi llegada, además que en mis años de trabajo en la fábrica sólo dos veces he invitado a alguien al terminar la jornada. Y no es porque sea un antisocial, lo que pasa es que tengo que caminar mucho y me da pena extender una invitación que obligue a alguien más a sudar esas calles. Mi trabajo queda lejos de casa y alejado a su vez de alguna vía de transporte. Son cómo dos kilómetros enteros los que hay que caminar, sorteando bodegas y alguna que otra casa del extremo norte de la ciudad. Vivo en una de esas colonias que se definen como peligrosas. Eso sí, en ese andar no soy el único. A cada salida siempre hay otros trabajadores que caminan a mi lado. Vamos juntos, gastando suelas de zapatos sin historia y sin dirigirnos siquiera más que un suspiro. Todos vamos alertas. Mucho más en las quincenas, que es cuando verdaderamente vamos cargando algo de dinero. Todo termina hasta que llegamos a la primera parada de camión. Ahí nos vemos por fin las caras y en silencio parecemos preguntarnos porqué seguimos trabajando en ese lugar si ni paga bien ni nos ayuda a salir de ese lugar de mierda. Estoy seguro que todos los que esperamos ese camión recordamos que, cuando dejamos el hogar paterno para convertirnos en hombres, queríamos ser todo menos lo que somos ahora. La mayoría de los que estamos ahí esperando, vivimos solos y en casas ajenas (si ni tenemos para comprarnos un auto ¿Podríamos presumir una casa?). Creo que, después de tantos años de ir y venir por ese camino cuyas cicatrices ya sabemos de memoria, las cosas se nos hacen mínimas. Indignas de cualquier observación secundaría. Y lo bello deja de serlo tras tanta vida limitada a espacios como ese. Y de un simple ir y venir de la fábrica a casa, acto tan rutinario, terminamos comprendiendo qué es volverse viejo.

Sí, quizá por eso soy el único de los que conozco que decidió modernizarse. Hace más de catorce meses no había nada en mi hogar que pudiera conectarme con el mundo que debo estar viviendo. Pero ahora, con la ayuda de mis ahorros de toda la vida, ha logrado cambiar eso. Compré una televisión de segunda mano con colores realistas, pero que se quedó sin pantalla por un accidente durante su instalación. También un refrigerador que en vez de mantener todo fresco, lo calienta. En la entrada hay un timbre que cuando se acciona toca una vieja canción que me gusta, además de una contestadora y un teléfono. No me arrepiento de nada, ni de haber comprado boberías en vez de un hogar o un auto. Y es que, por la situación en la que vivo, sí, la de la llamada silenciosa, he logrado sentirme acompañado ¿Será por eso qué desde aquella primer semana no busqué a la policía? Digo, ellos hubieran encontrado quién hace esas llamadas en un par de horas y listo, se acabaría el misterio. Pero, siendo honesto, creo que de haberlo hecho, las llegadas a casa no serían lo mismo. Ese aparato de dos piezas y cordón umbilical sería tan inútil como los otros que poseo. Y quién sabe, tal vez tan inútil como lo soy yo.

Sí, lo confieso, he aprendido a disfrutar las silenciosas llamadas anónimas. Ha habido momentos en los qué, al contestar, comienzo a hablar y hablar como si se entablara en verdad una conversación. La primera vez que lo hice fue hace seis meses y sólo para comprobar si en verdad había alguien en el otro extremo de la línea. Estaba seguro que nadie podría aguantarme una hora con un monólogo sobre mi noción de la vida, pero él o ella lo hizo. Y una vez que di por terminado mi discurso, me despedí: nos vemos mañana quién quiera que seas, y la llamada se cortó. Esa vez me sentí bien, aunque vaya que pensé que no quería hacer ese tipo de peroratas siempre. Sólo lo he hecho cuando verdaderamente me siento solo. Esa llamada es apreciada desde el fondo de mi corazón y en verdad la añoro una vez que termina. Por las mañanas, el pensar que después del trabajo regresaré a casa y volveré a encontrarme con ella, me hace olvidar que no tengo un verdadero hogar, ni un auto y que a cada día mi historia va gastándose sobre cada paso. Pues ahí estará ella, mi única compañera, la llamada, dándome el aliento que necesito con su silencio. Un silencio que ni la noche más estrellada en el vientre húmedo de esta ciudad sin nombre puede darme.

Pienso todo esto debido a que hoy se cumple un año. Y quizá por ello, he elaborado otra hipótesis. Tal vez las llamadas no existan y lo que escucho es mi mente imitando un timbre telefónico, harta ya de tanta soledad. No he podido hacer migas con alguien, aunque le he echado ganas. Y es que todo es tan difícil en nuestros días. Creo que en parte, es por ese temor de no poder contestar unas simples preguntas: ¿Qué es la amistad? ¿Qué será sentirse necesitado? ¿Ser alguien cuya espalda no esté desprotegida? Lo acepto, me da miedo ver a esa llamada cómo el simple sostén de que antecede a una amistad sin nombre. Los pensamientos que tengo de ella son ya de toda una vida ¿O qué son doce meses? ¿Quizá sea hoy, en nuestro aniversario, cuándo suceda algo importante? Eso me hace pensar en lo que leí una vez, algo sobre la esperanza: pilar más fuerte que sostiene a todo hombre y mejor narcótico de la existencia. El camión se detiene y salgo, como siempre, a empujones, encontrándome frente a la calle de siempre, contemplando varios rostros conocidos. Hasta el caminar entre desconocidos se hace monótono conforme avanza el tiempo. Una idea cruza mi cabeza: Este día debe ser especial. Por ello entro en tres tiendas y compro diversas cosas, desde comida que ni se me había ocurrido, hasta flores. El plan está hecho, dejaré las flores al lado del teléfono y prepararé la cena. Después, con mucho cuidado, depositaré las llaves sobre la mesa, accionando así la alarma. Entonces, ella se presentará parar cerrar el círculo de doce meses y una vida.

Y la llegada a casa fue intempestiva. Abrí la puerta con el corazón en la mano, me metí en la cocina y preparé la cena. Después, alterando un poco el plan, deposité las flores al lado del teléfono. Por fin, saboreando la cena y ansioso por la llamada que marcaría ese año de compañía omnipresente, de disputa contra la soledad y quién sabe Dios cuantas cosas más; tomé las llaves y con júbilo las deje caer sobre la mesa.

Nada, el teléfono no emitió sonido alguno.

Presuroso, corrí al lado del teléfono. Lo reviso, arriba y abajo y todo en orden. Lo sacudo, compruebo que en su interior aún habita la campana. Tomo el cable y lo sigo hasta la pared. Conectado. Salgo y reviso visualmente los cables. Todo, absolutamente todo en orden ¿Qué demonios pasó? Pronto me siento destrozado. Humillado. Entrado a casa y arranco el teléfono de un solo tirón. También dejo que la cena se queme. No me importa ¿Qué sucedió, quién quiera que fueras, por qué fallaste precisamente este día? ¿Por qué alimentaste todo un año a este tonto para después dejarlo hambriento? Quizás haya sido cierto, la mente es algo increíblemente traicionera. A la imaginación no le importa jugar un solitario con las cartas de tu vida si eso significa un poco de diversión. Una razón por la que confié en que no me dejarías fue porque nunca me dijiste nada. Nunca me prometiste algo que no cumplirías, nunca me orillaste a creer que estabas ahí o simplemente, que existías. Yo te di vida, forma y voz tan sólo de tu silencio y por tu silencio. No es justo, pero después de verlo desde ese punto de vista, me doy cuenta que esa es la verdad: tú, con ese silencio, sólo me diste más de lo que yo te pude dar. Me prestaste atención, me diste una razón para volver a estas cuatro paredes noche tras noche, me enseñaste que no estaba solo ¿Y yo qué te di? Nada. Menos que el silencio que me regalabas ¿Y si se te hizo tarde? No, lo siento, no puedo engañarme y dar esa mínima esperanza a alguien cuyo silencio es lo único que conozco. Aquí estoy, por si te interesa, con mis mejillas húmedas de lágrimas y mis manos hechas dos puños que golpean el piso. Levanto la cabeza, imploro que nada de esto sea verdad y recuerdo que todos los días había sucedido lo mismo. Eso me da rabia. Sucedía es pasado, eso no importa ya. No queda nada para el presente, quizá sólo, vaya cosa: el silencio. Y, hoy ese silencio no es igual.

Noto entonces que al fondo de la habitación hay un objeto extraño. Es la contestadora, hasta allá fue a caer. Emite un parpadeo débil. Su luz verde se enciende y apaga, enciende y se apaga ¿Cómo no me había dado cuenta? Me arrojo sobre la pequeña caja y compruebo que tiene un mensaje. No es mucho, pero ahí esta. Dejo la contestadora en el suelo, a mis pies. No quiero ni pensarlo, no me dejaste solo ¿Cómo me siento? Como si tras dejar de pensar que algo salió mal recibieras ese segundo respiro que comprueba que se está vivo. Regreso el mensaje pulsando un botón y espero a que la máquina haga su trabajo por primera vez en su vida. Y el casete se detiene. Acciono el play y la cinta comienza a avanzar. Las pequeñas bocinas emiten el acostumbrado silencio. Yo trato de estar lo más cerca a ellas, de disfrutar ese silencio tan conocido, tan mío.

Y entonces, dentro de aquel silencio, surge una voz.

Atentamente, el Duende Callejero...

¿Servida?

6 comentarios:

Christian Cueva dijo...

¿De qué siglo es esto?

El Duende Callejero dijo...

Del siglo pasado... El famoso siglo XX... 1994 ó 1995 para ser más concretos. Ni modo, debía pagar mi promesa.

Anónimo dijo...

exquisito...

adayin dijo...

No había leído tu post, aunque me prometia hacerlo. Pero ya con un poco de tiempo lo reviso (yo nomas pasaba pa preguntarte de una peli)

Soy ignorante y me da poca verguenza reconocerlo, pero ¿que es? ¿de donde lo sacaste? ¿es fragmento de algo? ¿o te aventaste a escribirlo y luego sera un comic?

Porque si es el caso de que la respuesta sea la ultima (aunque sea sin comic) te voy a mandar la foto de mi osito de peluche con una nota de "termine el cuento o el oso muere"

Me ha dejado muy intrigado de donde quiera que haya salido el texto. En verdad... ¿me lo puedo robar? ¿puedo extenderlo?

Creo que es tuyo... y arriesgandome, esta re bien, master. Me vi, me fundi y me identifique tristemente... No digo felicidades hasta saber de quien era la voz... Pero me has dejado verdaderamente intrigado... cañon... Y eso que ando leyendo a Stieg Larsson (jajajajajajaja... queee... es lo cooooool)

adayin dijo...

Aahh... la peli... jaja... Te digo q nomas pasaba por aca, con eso de que dices que ni tu revisas tu pagina... Y vi un trailer de una peli que igual conoces, viste, quieres ver o vas a odiar.

Se llama Altitude... y el poster, cuando menos, se ve cthulutesco...
Aca el trailer:

http://www.youtube.com/watch?v=vA9wtWH8Yvg

¿Que opinion te merece?

El Duende Callejero dijo...

Hey Seguei... No, no he tenido tiempo para sentarme a completar el desmadre que planeo publicar. Pero ya está más cerca el día para re-activar esto...

El texto es mío, de añales. Lo siento, está completo. Apareció en varias publicaciones (en Tierra Adentro está en el número 94... Hace como diez u once años...). Esta vez me lo pidieron, y ni modo, a cumplir publicándolo. La que me lo pidió, encontró esta referencia y de ahí salió la solicitud:

http://www.conaculta.gob.mx/tierra/images_cont/revista/091_120/revista_094.htm

Me dijeron que era un cuento. Yo no puse resistencia. De no haberme puesto a publicar cada texto de forma independiente en donde me invitaban, hubiera aparecido en mi primer libro de cuentos en 1999. No se hizo... Si dejaba sólo los "inéditos", me quedaba con tres o cuatro. Jo... Eso sí, esos cuentos me hicieron ganar dinerito... No mucho, sí algo. Y viajar y viajar y viajar... Jo...

Si te interesa un poco saber "cómo iba a hacer ese libro de cuentos", pues no hay problema... Búsquele por acá:

http://duendecallejeroelemental.blogspot.com/search/label/Historia

Salvo una o dos (la del conejo, que es un chiste local, y la de la máquina expendedora), esas "historias" formaron parte de ese libro malogrado por su propio autor. Jo...

Ahora, sobre la película. Sé de ella, que la hicieron casi como con una cundina y esas cosas... Y no, no la he visto. Entiendo que se va directo a DVD. Habrá que esperarla. Creo...