
Fue en 1922 cuando la revista norteamericana Home Brew publicó, de enero a abril, The Lurking Fear, relato que dilapidó la fructuosa relación entre el editor George Julian Houtain y el escritor H.P. Lovecraft. Meses atrás, la revista había publicado: Herbert West: Reanimator, vendiendo miles de ejemplares, recibiendo fabulosas críticas y augurando una larga relación entre la publicación y el espigado escritor. Relación que se traducía en ganancias para ambos lados. Sin embargo, cuando Houtain recibió la primera entrega de la segunda colaboración de Lovecraft, quedó helado: aquello no era una vistosa historia que anticipaba la ciencia ficción con chispazos de humor negro, tampoco una de fantasía descabelladamente horrorífica. Lovecraft le había entregado una bestia diferente.

The Lurking Fear está compuesto por cuatro partes: The Shadow on the Chimney, A Pesser in the Storm, What the Red Gleare Meant y The Horror in the Eyes. La historia, predecesora de La Llamada de Cthulhu (1926), de El Caso de Charles Dexter Ward (1927), de El Horror de Dunwich (1928) y de At the Mountain of Madness (1931), inscribiéndose entre esos relatos que buscan crear una geografía del horror: pueblos que están en medio de esa norteamericana nada, pueblos con una historia que se debe ocultar, a los que llega uno o varios extraños que acaban poniéndolo de cabeza gracias a su desinteresada intromisión.
En este caso, conoceremos a un pueblo pesquero de Massachussets. Un investigador de lo paranormal, atraído por la leyenda del Horror Oculto (título que se le da al relato en español), inicia sus investigaciones, encontrando unos lugareños oscos que prefieren ignorarlo, y a una desolada mansión, la mansión Martense, en la que se tiene que guarecer cuando una extraña tormenta cae sobre el pueblo. La mansión, situada en una colina, perteneció a una acaudalada y misteriosamente extinta familia que, se dice, ayudó a la fundación del lugar. El investigador, que va acompañado por dos recios ayudantes, comienza a describirnos el lugar, los cuadros, los cuartos. Imagina quiénes fueron esas personas, lo vence el cansancio. Se va a dormir y es atacado por algo. Algo que se lleva a sus ayudantes y que él sólo alcanza a entrever: una repugnante criatura.
Decidido, solicita ahora la ayuda Arthur Munroe, periodista interesado en el caso, que le provee de cierta información capital que los hace sortear otra tormenta para entrar en la mansión, revolver los papeles y, finalmente, encontrarse brevemente frente a frente con un horror indescriptible.
La horrible muerte de Munroe hace que nuestro investigador decida desenterrar al último de los Martense. Y mientras eso pasa, se cuenta en detalle el mito que rodea a la familia. Pronto el investigador se topa con una sorpresa: no sólo la tumba está vacía, sino que forma parte de una serie de túneles que se ramifican bajo el pueblo, túneles en los que viven unas extraordinarias y aterradoras criaturas, cientos de ellas, quizá miles, y que son los mismísimos Martense, que se alimentan de los cadáveres que el mismo pueblo les suministra en el cementerio. Y ellos, como el resto del pueblo, no quieren que su secreto sea revelado.
El relato, narrado como es costumbre en primera persona, se distingue de los clásicos lovecraftianos por su prosa fácil, más encaminada a la acción que a la descripción barroca propia del autor, también por su correcta estructura y por su correcto estudio de un horror no tan fantástico como las otras dimensiones, los seres invisibles o los colores que cayeron del cielo. Este es un relato que habla sobre el incesto: una familia atrapada por sus creencias, un pueblo que les sigue el juego por que les conviene, una deformación monstruosa que, por el bien del estado de las cosas, debe protegerse por siempre pese a quien le pese.
Fue precisamente ese inquietante punto, el de un horror real, el que provocó las discusiones entre el editor y el escritor, mismas que mandaron al relato a la lona (a pesar de ser de los mejores, no tiene ni el peso ni la proyección de otras historias en el universo lovecraftiano). Actualmente, en cualquier botadero de supermercado de preferencia, encontrará una curiosa edición en pasta dura que contiene dicho relato y otras maravillas lovecraftianas, altamente recomendable muy a pesar de la desagradable traducción.
Interesante es que este oscuro relato tenga, al menos, dos versiones cinematográficas directas y dos indirectas.

La primera, fechada en 1994 y financiada por la hasta ahora añorada Full Moon de Charles Band, fue dirigida por el guionista C. Courtney Joyner cuando el buenazo de Stuart Gordon se vio imposibilitado al encontrarse atareado con otra adaptación lovecraftiana: Castle Freak (1995, película genial de la que espero después escribir).
La película no es en sí una adaptación (tanto así que se le conoce más por el subtítulo: Infinite Evil), sino una revaloración. Un grupo de criminales descubre que el dinero que llevan tanto tiempo buscando está en un pueblecillo perdido en la nada, y hasta allá van al mismo tiempo que un ex convicto: John Martense (Blake Bailey), que purgó una condena de un crimen que no cometió, regresa a su pueblo natal sólo para encontrarse con un viejo amigo, Knaggs (Vincent Schiavelli), que le da un mapa que indica el lugar donde el padre de John enterró el dinero de su último asalto.
El mapa lleva a Martense hasta una iglesia abandonada, en la que encontrará a una histérica Cathryn (Ashley Lawrence), que busca vengarse de los Martense por la muerte de su hermana, y al doctor Haggis (el insuperable Jeffrey Combs, desbocado) que también está ahí, medio histérico, aunque no entendí la razón por la que aparece.

The Lurking Fear: Infinite Evil es una película de Full Moon, no se puede decir más: bajo presupuesto exudando por los poros, Jeffrey Combs desatado, aunque aquí haga un sólo un cameo; sangre casi negra, saliendo a chorror; monstruitos extremadamente falsos, una historia simplona, en momentos bobalicona, pero extrañamente agradable y añorable. Lamentablemente, la inexperiencia de Joyner se nota: sus encuadres son pésimos, su ritmo es marcial, la película se va a puntos muertos insufribles. El diseño de arte salva la película, igual que esos momentos de Combs en pleno frenesí. Y aunque el final es evidente, y un director como Gordon lo hubiera tratado con un respeto tal que se nos haría sorpresivo, Joyner llega en neutral, y entierra la estaca antes de tiempo, arrojando la película al mismísimo pozo del que salieron las alimañas esas.


Bleeders (de 1997, también conocida como Hemoglobin en Europa, y The Descendant en su paso por la televisión), producción canadiense firmada por el correcto director y guionista televisivo Peter Svatek, indaga más en la posibilidad de descubrir quién eres y tener la libertad de decidir qué haces con esa información: aceptas tu naturaleza o la combates, que en el horror efectista.


Strauss será ayudado por el combativo doctor Marlon (mi ídolo Rutger Hauer, genial como siempre), cuya propia búsqueda en algo qué creer más allá de la botella, lo lleva a confrontar a ese lugar que le ha dado sustento o cobijo.
El trio revolverá las oscuras aguas del destino y sacará a la luz el secreto que toda esa población guarda tan celosamente: el destino de los parientes de Strauss, que habita en el mismísimo subsuelo y que gustoso se revelará ante el último de la camada.

Bleeders es, de lo malo, lo mejor: una película recomendable, fascinante y oscuramente genial, además de que rescata un viejo guión escrito por nuestro amable desaparecido: Dan O'Bannon (Insisto ¿Dónde chingados andas, cabrón?).
¿Algo más malo que saber quién eres en realidad?: Bleeders es casi imposible de conseguir en dvd (de poder, es mejor su versión europea, como siempre). Y en vhs, apenas en un oscuro anaquel de ese video-pirata de su preferencia, y sabrá el mismísimo horror reptante en qué condición. La versión que pasan en la televisión está mutilada y es incomprensible, de plano. Pero más nos conviene pensar que la justicia existe y algún día una oscura productora la rescatará.
Ahora bien, en cuanto a las adaptaciones indirectas...
... Que junto con:

... tratan misteriosamente la historia de unos curiosos monitos deformes viviendo bajo la tierra. Unos monitos que forman una familia, que fueron humanos, que tienen hambre. Y hasta esos lugares llegarán un grupo de extraños, revolviendo su ecosistema, mancillando su privacidad. Sufriendo las consecuencias.
Pero, bueno, ese tema ya será motivo de otra posteada...
Atentamente, el Duende Callejero...

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