martes, 27 de noviembre de 2012

Este es el Fin...

Por diversas razones (la principal, mi mala organización), he decidido finalizar las publicaciones en este blog.

Pensé en dar más información sobre esta decisión, pero la verdad no importa. Llevo meses pensando en que este espacio ya cumplió su función con creces.

Obviamente esto no significa que he dejado de escribir. No borraré este espacio (de momento), quedará como un archivo virtual de estos varios años en los que me divertí de lo lindo repasando mis filias y mis fobias.

Para seguir leyendo, si desean, ahora habrá que dirigirse a estos espacios:

Noción y Experimento, en el que intentaré seguir lo que inicié en este espacio, pero sin perderme tanto (ah, la inocencia tras cada deseo).

Y La Otra Filia y Fobia del Duende Callejero... En el que aparecerán las varias publicaciones que han aparecido en otros medios.

Gracias por seguirme y espero y allá nos sigamos leyendo.

Atentamente, el Duende Callejero...

lunes, 30 de julio de 2012

De The Batman a The Dark Knight Rises

Fue en el número 27 de Detective Comics (fechado en mayo de 1939), publicación mensual de National Comics (que luego cambiaría su nombre por DC Comics), cuando hace su primera aparición la mítica creación del ilustrador Bob Kane y del ahora olvidado guionista e ilustrador Bill Finger: The Bat-Man.

El personaje, entonces un salvaje y enmascarado justiciero callejero con un uniforme cargado de referencias a los murciélagos que no dudaba ni en matar ni en incapacitar a los maleantes con los que se enfrentaba, operaba bajo el credo de que: el mal sólo puede combatirse con mal; razón por la que se convirtió inmediatamente en el personaje favorito de una generación que crecía en una época marcada por la instauración del crimen organizado en las grandes ciudades de Estados Unidos (producto de la famosa enmienda XVIII a la Constitución norteamericana, que auspició a la famosa Ley Seca que operó de 1920 a 1933), y el terror causado por la Gran Depresión Económica ocurrida entre 1929 y 1933.

En sus inicios, The Bat-Man no tenía una ciudad base de operación. Sus aventuras, que se distanciaban de los otros personajes de cómics contemporáneos por su anclaje con la realidad de sus lectores, no por explorar fantásticos mundos casi siempre en la búsqueda de un tesoro. Igual ocurrían en las violentas calles de Nueva York que en las de Chicago o Washington. La constante siempre era su obsesión por limpiar, tanto con sus puños como con armas e instrumentos que él mismo creaba o mediante complejas artimañas, a todos esos criminales que asolaban las calles de la ciudad en la que estuviese.

Kane, desde la década de los 60 reconocido como único creador del personaje gracias a un acuerdo con la editorial, nunca ocultó que la inspiración del personaje fue el cine de horror, aventura y misterio de los 20 y los 30.

De The Mark of the Zorro (1920) de Fred Niblo, por ejemplo, tomó como inspiración al protagonista: el atlético y carismático Douglas Fairbanks, que en la cinta hacía del rico heredero Don Diego Vega, que al ver la injusticia en la que viven sus pobres trabajadores y la villanía de las autoridades, decide adoptar la personalidad del justiciero enmascarado El Señor Zorro y convertirse en el héroe del pueblo. Lo interesante es que su carácter desenfadado y banal hace que nadie piense que él y el justiciero enmascarado tengan algo que ver.

Luego vendrían tanto la versión muda como sonora de una exitosa obra de terror de Broadway escrita por Avery Hopwood y Roberts Rinehart: The Bat (1926) y The Bat Whispers (1930), ambas dirigidas por Roland West. Es en esas cintas de donde Kane saca toda la iconografía de los quirópteros: desde el óvalo con la puntiaguda silueta del murciélago hasta la cornuda máscara y la capa. La única diferencia es que en ambas cintas y en la obra de teatro original, el personaje que sale enfundado en traje de murciélago es el villano de la historia.

También está la serie de cintas dirigidas por Fritz Lang basadas en la obra del novelista Norbert Jacques: Dr. Mabuse, der Spieler (1922) y Le Testament du Doctor Mabuse (1933). De estas cintas es de donde surge la idea para la truculenta galería de villanos megalómanos con los que el justiciero habrá de enfrentarse en los años por venir.

Y qué decir de The Man Who Laughs de 1928, dirigida por Paul Leni, basada en un texto de Victor Hugo, que tiene como protagonista al ya inolvidable Conrad Veidt, cuya caracterización obviamente recordará a uno de los personajes emblemáticos de las historias del hombre murciélago. 

La aportación del olvidado Finger (al que solo se le toma como consultor en la creación del personaje) consistió definir su carácter y su sicología. Quizá de haberse quedado solamente con Kane, The Bat-Man hubiese sido un buen personaje de acción, pero difícilmente sería uno complejo que con el tiempo llegará a rozar la categoría de anti-héroe.

Finger, además de aportar su dramático origen de ser testigo infantil del asesinato de sus padres, se basa en un cuarteto prodigioso de personajes literarios para completar su perfil: de Sherlock Holmes (creado en 1887 por Arthur Conan Doyle) toma su faceta analítica y deductiva que lo hace apelar sin problema con el apodo del más grande detective del mundo. De Doc Savage (de 1933, creado por Lester Dent, Henry Ralston y John Nanovic, que sirve también de base para la personalidad del Superman de Jerry Siegel y Joe Shuster), su casi maniático apego por la ciencia y la aventura. De The Phantom (de 1936, creado por Lee Falk), su aspiración por convertirse en una leyenda que impone respeto y miedo en sus contrarios, además de su gusto por los símbolos y las marcas territoriales. De The Shadow (de 1930, creado por Walter B. Gibson), la idea de que el miedo sirve para imponer la justicia.

Con los años, The Bat-Man será llamado solamente Batman. Su identidad desde su primera aparción estuvo clara: es Bruce Wayne (acá lo llamamos Bruno Díaz una larga temporada) millonario y playboy que por las noches se pone el disfraz de murciélago con un cinturón lleno de artefactos de su propia invención, y sale a combatir el crimen. También llegará su ciudad de origen y base (Gotham, otra aportación de Finger, reunión de ciudades emblemáticas de los Estados Unidos: Nueva York, Chicago, Pittsburgh, entre otras, y que acá llamamos Gótica sin una razón específica), un fiel compañero y padre putativo (Alfred Pennysworth, su mayordomo y Dr. Watson que, en sus inicios, tanto física como sicológicamente era muy diferente), un nuevo código ético (moderando su violencia, ya no mata ni usa armas de fuego, sino que quiere llevar a cada malechor, sin importar su crimen, ante las autoridades para que se les dicte su respectiva condena), un compañero e hijo putativo (el primero, Dick Grayson, el primer Robin que luego adoptaría su propia identidad heróica como Nightwing y hasta se pondría la capucha de Batman en su ausencia), y una larga galería de villanos (que fueron haciendo su aparición uno o dos años después de la primera publicación).

Luego de Superman, Batman es el personaje más famoso y querido salido de la industria del cómic. La razón de ese éxito no es un misterio: Batman representa el hombre sin más atributos que su coraje, su físico y su intelecto, que opera bajo su propia ética en pos de imponer la justicia que los mismos cuerpos legales, por las mismas restricciones que ellos mismos se ponen para su operación, además de por ser creados y mantenidos por hombres, no son perfectos. Batman es un héroe producto del urbanismo y la imposición del capitalismo. Ambos estadios nos hacen unas feroces máquinas depredadoras que estallarán cuando uno menos lo espere, así que más nos vale tener a alguien que vele por nosotros noche a noche.

Sin embargo, en mi opinión, el personaje central de Batman no es el emcapotado o alguno de sus villanos. Es ciudad Gotham, esa compleja urbe de tonos grices y aparente noche perpetua, con claros guiños lovecraftianos y podrida hasta médula, que se convierte en la obsesión central del justiciero. Pues aunque sabe bien que la ciudad no tiene salvación y que en varias ocasiones le ha dado la espalda, él luchará siempre por defenderla al grado de repetir siempre: I am Gotham.

Hasta la fecha (lo digo terminando la saga The Night of the Owls iniciada en septiembre del año pasado como primer arco argumental del cómic Batman en el reboot de DC Comics llamado The New 52), las mejores historias del hombre murciélago versan sobre Gotham, no sobre Bruce Wayne o Batman o el villano en turno.

Sirva esta larga introducción del personaje para dejar en claro algo: la trilogía de Christopher Nolan (Londres, 1970), iniciada en el 2005 por Batman Begins, es solo una versión cinematográfica más del personaje, tal y como lo fueron la aún superior dupla dirigida por Tim Burton: Batman (1989) y Batman Returns (1992), o el primer serial televisivo de 15 episodios: Batman (de 1949 y dirigido por Lambert Hilyer).

Decir que Nolan presenta en cine por vez primera al Batman de los cómics en la pantalla grande, significa creer que el personaje fue creado por Frank Miller. Porque Nolan toma, tanto en estética como en escencia, dos historias de Miller: The Dark Knight Returns (publicada de febrero a junio de 1986, del que se nutre en muchas cosas la tercera parte recién estrenada) y Batman: Year One (publicada de febrero a mayo de 1987, ilustrada por David Mazzucchelli, en la que se basa la primera parte de la saga).

Cuando en el 2004, Warner Bros. decidió intentar una quinta cinta de Batman luego del desastre que les significó Batman & Robin (1997, de Joel Schumacher), jamás pasó por sus cabezas un reinicio de la saga.

Fue Nolan, que acababa de entregar al estudio Insomnia (2002), ligero e innecesario remake de la cinta noruega homónima de 1997, el que decidió presentarles una propuesta tanto de guión como de diseño de arte pagada con su propio dinero.

Admirador confeso del personaje (basta recordar la calcomanía que siempre aparece en la habitación de Cobb, personaje principal de su primera cinta The Following), aunque no tan conocedor de los cómics, Nolan hizo equipo con el también director y guionista norteamericano, además de conocedor de cómics, David S. Goyer.

Entre los dos (luego se sumaría su hermano, Jonathan Nolan), plantearían la idea de un Batman que cabría en el mundo real. Sin embargo, su mayor acierto consistió en centrar como personaje principal a la compleja (y siempre cambiante) Gotham, relegando tanto a los villanos y al héroe como secundarios de una tragedia de tres actos.

Batman Begins excava cinematográficamente en los orígenes de Bruce Wayne por vez primera. Luego del asesinato de sus padres y el dominio del crimen organizado en Gotham, Wayne (Christian Bale) viaja por el mundo preparando su mente y su cuerpo para regresar e imponer la tan necesitada justicia en su terruño. Pero una organización secreta llamada The League of Shadows, liderada por Ra's al Ghul (interpretado por Ken Watanabe en su forma de gambito), lo encuentra y entrena.

El problema de Wayne con la tal liga aparece justo el día de su ordenamiento como miembro. No congenia con su forma de imponer justicia siendo jueces, jurados, ejecutores y verdugos en uno solo. Por tal razón, Wayne acaba destruyendo el santuario de la liga, no sin antes salvar a su protector Henri Ducard (Liam Neeson), para luego regresar a Gotham a poner en práctica lo aprendido: el mal se combate no con mal, sino con miedo.

Porque el miedo es la clave de la trilogía de Nolan. En esa primera parte, tenemos la aventura de un hombre que decidió no solo a domar su miedo, sino a usarlo como arma (why do we fall, Bruce? es el absoluto leitmotiv de la primera cinta).

En la segunda parte, la celebrada The Dark Knight (2008), está el miedo como ese elemento central que acabará sacando no solo lo peor de cada uno de nosotros, sino también lo mejor: de ahí la categorización del Caballero Negro (Dark Knight: Batman) VS el Caballero Blanco (White Knight: el aguerrido físcal Harvey Dent, interpretado por Aaron Eckhart, que acaba sus días como un villano, instigado por ese agente del caos que resulta el posteriormente ignorado The Joker de Heath Ledger, cuyos actos habrá que ocultar).

Así llegamos a la tercera parte: The Dark Knight Rises. Han pasado 8 años desde el final de Dent y última aparición de Batman, que toma la culpa de los crímenes de Dent y se convierte, de nuevo, en un fugitivo.

Se nos explica que durante esos años en Gotham ha imperado el orden por medio de una agresiva iniciativa llamada Ley Dent, sin embargo tanto Wayne/Batman como Jim Gordon (Gary Oldman), comisionado de policía, saben la verdad tras esa ley y cada uno la han sufrido a su modo: Wayne se convirtió en un ermitaño, Gordon se quedó sin familia añ defender al secuestrador y casi asesino de su hijo, y tiene siempre en la punta de la lengua decir la verdad y acabar con la mascarada y de paso con su carrera.

En ese escenario es en el que entra Bane (Tom Hardy), un mercenario enmascarado y último eslabón de The League of Shadows, que viene no solo a vengarse de Wayne/Batman por la muerte de su mentor (¿y padre?), sino también para destruir por fin a Gotham.

Los problemas de la tercera parte del Batman de Nolan, son sencillos de identificar: su sobrepoblada galería de personajes, que solo hacen que la trama se sienta artificialmente compleja.

Basta un solo ejemplo: tanto Bane como Selina Kyle (Anne Hathaway, completamente desperdiciada), experta ladrona que busca limpiar su pasado, son contratado por un rival de Wayne, John Dagget (Ben Mendelsohn), para quedarse con la ya maltrecha empresa mediante un complejo plan que incluye en ataque a la bolsa de valores de Gotham (curioso saber que en Estados Unidos hay más de una bolsa de valores).

¿Qué necesidad había de traer a tan peligroso par si gracias a la mala inversión de Wayne en el proyecto de Energía Limpia de la recién llegada a la saga Miranda Tate (Marion Cotillard, otro gran desperdicio), está ya en número rojos?

¿Y por qué ese proyecto de Energía Limpia, que Wayne descubrió que se podía convertir en un arma nuclear y por lo tanto canceló, no fue destruido?

En el mundo propuesto por los dos Nolan y por Goyer, esas incongruencias quizá le den sentido a la cinta, pero acaban siendo tan forzadas quepara el tercer acto de la cinta, cuando la anarquía multicolor de Bane sea confrontada con un azulado orden sobre un blanco manto callejero, uno se ha dado cuenta de los hilos que movieron la historia desde el inicio. Y no hay nada peor que el espectador descubra el truco del experto mago y aún así quiera aplaudirle.

En cada Batman de Nolan está presente la misma muletilla de tratar a sus espectadores como estúpidos. Limitada en Begins, exponenciada en Dark Knight, en Rises la muletilla es casi la causa por la que su duración pasa de las dos horas y media: un personaje explica algo que hará en la próxima escena en detalle. Lo verbaliza. Luego lo hace. Y tras hacerlo, lo vuelve a verbalizar. En serio Nolan, no eres tan complejo. De esa forma se ahorraría mucho tiempo en volver a explicar qué hace Bane con el discurso de Gordon, por ejemplo, y que Gordon tenga que justificarse en un monótono discurso ante el también recién llegado a la saga John Blake (Joseph Gordon-Levitt).

Y así se va el tiempo en The Dark Knight Rises: en explicarle al espectador que Bane es muy inteligente, no una masa de músculos que apenas es entendible cuando habla - y cómo habla -. Que Wayne vive obsesionado por su pasado más que por hacer justificia, al grado de perder sin remordimientos a su último ser más querido. Ah, y verle la espigada figura a la Kyle de Hathaway. Con un director más diestro, la cinta fácil llegaría a la hora cuarenta y no se empantanaría tanto explicándonos que hay en el mundo una prisión maldita de la que solo un niño ha salido, una prisión que es la más cruel de todas pues es un agujero en el que los prisioneros se la llevan viendo al cielo y donde habrás de caer para podrirte de por vida. Pero que cuando se nos presenta, resulta el lugar más agradable para curar tus heridas, pues hasta tus compañeros de celda de cantan para que te levantes.

Aunque, claro, hay que resaltar lo positivo: Nolan logra cerrar su trilogía del miedo dejándonos claro que héroe no es aquel que logra vencer su miedo para volverlo arma o para sacar lo mejor de sí mismo. Héroe es aquel que aprende a vivir con miedo, jamás lo abandona y hasta se nutre de él. De eso trata, con toda su masa de información innecesaria, The Dark Knight Rises: debes tener miedo a fracasar para poder triunfar.

Eso sí, es un cierre lógico para tan dispareja trilogía. Y por ello, no es de extrañar que desde hace tiempo Warner quiera ya rebootear al personaje: ellos leyeron el guión antes que nosotros y sabían que Batman en el mundo real siempre no fue tan buena idea, a menos que te seas Geoff Johns y Gary Frank.

Por cierto ¿Ya leyeron Batman: Earth One (2012)?

Atentamente, el Duende Callejero...

sábado, 23 de junio de 2012

Prometeo Desencadenado

No debe extrañar a nadie que en Prometheus (2012), última cinta de Ridley Scott (Durham, 1937), vuelvan a resonar las arcaicas interrogantes ¿Quién soy y qué hago aquí? Si nos preciamos de atender cada uno de sus metrajes desde aquella notable opera prima: Los Duelistas (1977), basada en el relato de su siempre admirado Joseph Conrad, sabremos que la constante ha sido narrar el arduo viaje del personaje (o los personajes) principal(es) hacia su(s) Itaca(s) personal(es). Viaje que siempre será como lo mandaba otro claro referente de su obra, Konstantinos Kavafis: largo, lleno de aventuras, lleno de experiencia. Tampoco deberá extrañar, por tanto, la ausencia de una respuesta para esas y otras interrogantes que habrán de irse acumulando con el metraje en turno. El cine, parece decir Scott, jamás deberá tomarse por un mero tablero de avisos...

Si se desea finalizar la lectura, favor de pasar a la página de MórbidoFest

Atentamente, el Duende Callejero... 

La Caída de la Casa Burton

Quizá si al finalizar la cinta, coronando la lista de créditos, hubiese leído: Esto fue por ti, Lisa Marie, mi opinión sobre Dark Shadows (2012), última cinta de Tim Burton (Burbank, 1958), sería favorable.

Sin embargo, el presunto remake de la telenovela homónima creada por Dan Curtis, que apareció en las pantallas norteamericanas de 1966 a 1971 y que engendró dos películas: House of Dark Shadows (1970) y Night of Dark Shadows (1971), más un fallido revival en 1991 y hasta un intento de una nueva corrida en el Warner Channel (2004), confirma que Burton ya ha dado todo de sí, por lo que quizá ya sea hora de dedicarse exclusivamente o a la producción o a las galerías.

Mientras que la historia original trataba sobre la extraña y aparentemente maldita familia Collins, fundadores del pueblo Collinsport, Maine. Familia cuyos misterios son revelados por Victoria Winters (Alexandra Moltke), una huérfana de pasado desconocido que es contratada por la matriarca Elizabeth (Joan Bennett) para ser la nana de su hija Carolyn (Nancy Barrett), encontrándose con una galería variopinta de horrores. La película se toma la libertad de mezclar y cambiar personajes y escenarios, centrándose solamente en el personaje de Barnabas Collins (interpretado originalmente por Jonathan Frid, luego por Ben Cross, más tarde por Alec Newman y ahora por el también productor de la cinta, Johnny Depp), origen de las desgracias de toda la familia.

Barnabas, rico y joven heredero del imperio pesquero sobre el que se fincó el pueblo de Collinsport, comete primero el error de romperle el corazón a una también joven sirvienta que resulta ser bruja, Angelique Bouchard (Eva Green), luego de enamorarse de la joven Josette DuPres (Bella Heathcote).

La bruja mata a Josette, convierte en vampiro a Barnabas, levanta al pueblo entero para capturar y enterrar al engendro que ha estado aterrorizando al pueblo, y maldice a todo su linaje.

Casi 200 años después, en 1972, Barnabas es liberado por las construcciones de un McDonals y una carretera.

El vampiro decide regresar a su propiedad solo para encontrar los despojos de lo que es su linaje, liderados por la matriarca Elizabeth (Michelle Pfeiffer) y su corte de parásitos. Ah, sí, falta decir que una aparente reencarnación de su amada Josette, Victoria Winters, también acaba de llegar a la casa ofreciéndose para ser la institutriz de David Collins (Gulliver McGrath), que aún no acepta la pérdida de su madre en un accidente marítimo, que es desatendido por su padre Roger (Jonny Lee Miller), lleva dos años viendo a la infructuosa y alcohólica psicóloga Julia Hoffman (Helena Bonham Carter) y es molestado constantemente por su prima adolescente Carolyn (Chloë Grace Moretz).

Barnabas pacta con Elizabeth que él los sacará de la degradación en la que se encuentran gracias al tesoro oculto de los Collins, que servirá para reactivar el imperio pesquero familiar. Elizabeth accede con la condición de que Barnabas justifique su estancia y su extraño comportamiento con una ridícula historia de raíces europeas. El asunto vampírico será un secreto entre ellos dos.

Hasta este punto, la cinta marcha bien. Burton atina al mezclar la comedia con el horror, logrando algunos momentos inspirados. Sin embargo, todo se va al caño en cuanto regresa el personaje de Angelique. Entonces, Dark Shadows se olvida de su trama y personajes para convertirse en una millonaria hate letter para todo aquel que, parece, le ha hecho algún mal a su director.

Y las que se llevan la peor parte de tan ridículo berrinche, son Lisa Marie y su actual compañera, Helena Bonham Carter.

Ignoro qué tanto del guión de Seth Graham-Smith o de las historia de John August quedó en la pantalla. Lo que no ignoro es que Burton convierte su última cinta en una muestra de soberbia sin igual, que igual destruye sádicamente su siempre alabado personaje (el freak burtoniano, regularmente interpretado por Depp, que ahora no solo es una caricatura de sí mismo, sino que hasta revela su origen: Alice Cooper), se ensaña con su horda de fanáticos en lo que es, sin duda, la mejor escena de la cinta (con los hippies frente al fuego, hablando de que luego de Alice in Wonderland nada puede ser peor... O, perdón, hablan de la última guerra... Sí, claro), trata como una asquerosa oportunista roba-sangre y decadente a su actual pareja o imposta la culpa de todos sus males a la fría, manipuladora, rencorosa, pero aún bella ex.

La familia Collins entera queda relegada a ser parte del decorado de la enorme casa. Los fantasmas desaparecen, el misterio de Victoria/Josette se desperdicia. El propio vampirismo de Barnabas es descuidado (por fin ¿Sí puede o no puede estar bajo el sol? ¿Y de qué se alimenta, de waffles?).

Directores como David Cronenberg han logrado cambiar el curso de sus carreras, llevándose sus obsesiones hacia nuevos terrenos estéticos sin problema. Hemos sido testigos que Burton lo ha intentado (Planet of the Apes, Big Fish), pero ha fracasado. La pregunta ahora sería ¿Y nosotros tenemos la culpa de eso?

Por eso digo que sí definitivamente toda esa mala leche fuera aceptada con una simple línea al final en los créditos finales, significaría que aún estamos frente a un director que no está cansado de ese mundo qué él mismo creó y que, a pesar de lo que ya le hemos visto, aún es capaz de no tomarse tan en serio.

Pero con la ridícula escena final de Dark Shadows, queda más que claro que este es el mundo del que quiso despedirse con la línea final de Sleepy Hollow. Un mundo que ya no soporta y del que sabe que jamás podrá salir.

Ay, Burton, hora de dejar que Timur Bekmambetov o Shane Acker repasen tu mundo y tus obsesiones. Ya son más divertidos y atinados que tú.

Atentamente, el Duende Callejero...

jueves, 14 de junio de 2012

Pre-Prometheus

El misterio que rodeó durante meses (o quizá años) de qué iba Prometheus, el cacareado (¿)regreso(?) a la ciencia ficción por parte del inglés Ridley Scott, fue develado de forma atemporal hace unas semanas.

Y no fue gracias a las varias reseñas provenientes de Europa, territorio en el que se estrenó la cinta primero, sino vía su trailer oficial, que presentaba más que imágenes, elementos importantes de una trama que, sí, además de antojarse clavada en los escabrosos terrenos de la ciencia ficción dura, y por tanto un poco ajena al mero survival horror con el que se arropó Alien (1979), con la que comparte, según dijo el propio Scott en su momento: parte de su ADN (spoiler: y ya sabrán qué tan literal es esa mención); auguraba además una irremediable cantidad de debates post-revisión cortesía del co-guionista Damon Lindelof, experto, ya sabemos por su primero celebrada y luego pitorreada serie Lost (2004-2010), en lanzar interrogantes a diestra y siniestra más no tanto en ofrecer respuestas que satisfagan a todo aquel que decidiera prestarse a su juego.

En esas semanas bastó ver una o dos veces todas esas imágenes, captar esos diálogos, organizar la información y estar infectado de años de ciencia ficción para comprender que ahora Scott, Lindelof y el otro co-guionista Jon Spaihts habían decidido irse verdaderamente por el origen de todo, esperando más que aterrorizar al público con el nuevo diseño de un xenomorfo (nombre real de los adorados bichos de cristalina y siempre húmeda dentadura de partida doble), ponerlo a cuestionarse del agua que toman, el aire que respiran y hasta de la deidad a la que cada quién le agradece por eso que llaman vida.

Dichas revelaciones en el trailer, por cierto, ya merecieron debate por parte de Oliver Lyttelton en respuesta al propio Lindelof por su mensaje de twitter del primero de mayo.

Decir si la apuesta por ese parte enigmático y parte genético camino fue el correcto (pues ya se dijo que la cinta es apenas la primera parte de una posible trilogía), tendrá respuesta aquí en México a partir del este viernes 15 de junio.

Anticipo que no a todos les gustará la cinta. La razón está implícita en mi mención de los escabrosos terrenos de la ciencia ficción dura. Prometheus está basada en las ideas propuestas por el escritor especulativo suizo Erich von Dänkien (Zofingen, 1935), autor del alguna vez polémico libro Recuerdos del Futuro (1968), en el que, palabras más, palabras menos, defendía férreamente la idea (aportando una gran cantidad de referencias desde bíblicas hasta arqueológicas, de forma especulativa, claro) de que la humanidad fue plantada por una civilización extraterrestre. Así que eso que llamamos religión, cualquiera de ellas, no es más que la repetición de ese momento en el que esa civilización extraterrestre y nosotros, sus frutos, hemos venido a cruzar nuestros caminos.

La razón por la que esas hipotéticas civilizaciones extraterrestres nos plantaron, justificó una serie de libros y conferencias por parte de von Dänkien, que le aseguraron además de algunas demandas, una vida más que digna hasta estos años (y para los que les encante el tema, ahí está la serie del History Channel: Ancient Aliens, en el que siguen algunas de las tésis del suizo).

La atracción que siempre ha tenido Scott por la obra de Joseph Conrad nunca ha sido un secreto. Su primer cinta, The Duellist (1977), está basada en el relato corto The Duel. En Alien, a la nave principal le puso el nombre de Nostromo (que, como dato, dicha novela iba a ser adaptada por David Lean en 1991, y cuyo Lawrence of Arabia también tiene una gran influencia en la filmografía de Scott: basta ver Prometheus y recordar a Russell Crowe en el fondo de una desvencijada alberca en A Good Year del 2006, repitiendo varias líneas de Peter O’Toole), mientras que la cápsula en la que escapa Ripley se llamó Narcissus innegablemente por The Nigger of the Narcissus. Ahora con Prometheus lleva la idea de Heart of Darkness a nivel espacial, revolcándola un poco, supongo que por decisión de Lindelof, con la mastodónica primera novela de los Cantos de Hyperion: Hyperion, de Dan Simmons (1989), donde podemos leer sobre la peregrinación de siete personajes hacia el plantea Hyperion, buscando llegar primero a unos artefactos solo conocidos como Las Tumbas del Tiempo, que encierran un secreto en la forma de una bestia mitológica que solo se comunica con el dolor y la muerte, y que vendrá, según su culto denominado la Iglesia de la Expiación Final, a juzgar a la humanidad por culpa de su historia de destrucción que no culminó ni con la destrucción de la Tierra.

Alien, por su parte, tiene un origen completamente diferente. 

En 1974, John Carpenter y su amigo Dan O’Bannon realizaron Dark Star, un guión para una cinta que llevaría la fría y claustrofóbica esencia de 2001: A Space Odyssey de Stanley Kubrick (y de Arthur C. Clarke), a terrenos del horror. Aunque luego de pensárselo un poco, el par acabó prefiriendo filmar la cinta como una comedia, en parte para no caer en el juego de mofarse de la épica kubrickiana.

Gran parte de la historia sobre un extraterrestre suelto en la nave Dark Star, quedó fuera. O’Bannon se guardó esa historia y estuvo pensando un guión en el que se desarrollara la idea de ¿Y a dónde correrás si te encuentras con una bestia asesina en tu nave si estás en medio del espacio? 

Era 1975. O’Bannon se coló en la producción de Dune que preparaba Alejandro Jodorowsky. Colaboraría en el departamento de efectos especiales. Ahí conoció a un joven y extraño artista suizo llamado Hans Rudolf Giger, cuya obra lo entusiasmó tanto como lo inquietó.

Dune de Jodorowsky no logró pasar de un ambicioso proyecto que casi da al traste con la relación de Hollywood con la ciencia ficción. Luego de la cancelación de DuneO’Bannon regresa a Estados Unidos y sin dinero, se queda a vivir con un amigo Roland Shusett.

La experiencia del proyecto Dune le sirvió para perfeccionar su aún raquítico guión en muchos apartados: el número de personajes, de situaciones, de escenarios. La idea era no asustar a los posibles productores y estudios con otra obra que costara millones y no asegurara una taquilla más que digna.

Shusett también era guionista, pero además tenía cierta pericia para la producción. La idea del extraterrestre asesino de su obligado compañeros de cuarto, le encantó. Por los años en lo que sucedió esto, la definió como: Jaws in space, y se ofreció a co-escribir el guión y encargarse de buscar un estudio que levantara el proyecto.

Sin embargo, aunque el guión de Alien gustaba mucho, ningún estudio se atrevió a realizarlo. De hecho, el único dispuesto a hacer la cinta rápidamente fue Roger Corman. Terror y ciencia ficción era una mezcla jamás intentada en la clase A hollywoodense.

La propuesta de Corman fue desechada por el par de guionistas debido a la fama del productor por hacer suyo cualquier proyecto que escogiera.

Fue el éxito de Star Wars en 1977 el que pone a la 20th Century Fox a revolver sus cajones para ver qué otra historia espacial tenían. Y la única era Alien.

Se decidió que el director sería O’Bannon y el productor Shusett, pero un ejecutivo piensa mejor en Walter Hill, que de inmediato escribe un tratamiento del guión original junto a David Giler. El problema fue que Hill ya tenía avanzada su producción de The Warriors (1979), prefiriendo el puesto de productor, por lo que se trae al joven pintor inglés Ridley Scott, recién estrenado en la dirección con la ya mencionada The Duellist, para que se encargara del proyecto.

Scott buscaba entrar en Hollywood por la puerta grande (y tenía la idea de hacerlo con una épica de ciencia ficción basada en la novela distópica The Bladerunner de Alan E. Noruse, cuyo guión había escrito William S. Burroughs).

Scott, diría luego O’Bannon, al parecer jamás leyó ni su guión ni el de Hill-Giler. Pareciera, insiste O'Bannon, que solo le contaron un resumen de la historia y entonces se puso a dibujar una novela gráfica con la premisa, teniendo como referencia directa tanto a It! The Terror from Beyond Space de Edward L. Cahn (1958) y Mario Bava y su Planet of the Vampires (1965).

Quizá la única cosa en la que le hizo caso a O’Bannon, que fue relegado de la producción de la cinta hasta por su amigo y co-guionista Shusett, fue que revisara el trabajo de Giger a la hora de diseñar al extraterrestre. Giger había publicado su libro Necronomicon, en el que se encontraba el diseño de una figura conocida.

Hoy, viendo los resultados y negándose a pensar qué hubiera pasado de seguir la historia de O'Bannon al pie de la letra, podrá decirse que Scott hizo lo correcto al desechar su guión (y el de Shusett), buscando imponer una visión que, sin secundar a Kubrick, impone su propia marca a la hora de referirse al espacio (y en eso se dirá que Scott le ganó a Kubrick, ni modo).

Pero de ahí a comparar cara a cara a Alien con Prometheus solo porque la historia tiene elementos colindantes y se desarrollan en el mismo universo ¡Imposible!

Como que debemos recordarlo: el Scott de Alien ya no es el Scott de Prometheus. Así de sencillo. Y Alien es una historia a la Heavy Metal, mientras que Prometheus es una a la Métal Hurlant. Voilà!

Pero mientras se cumple la fecha, y se ve qué tanta madera tengo de prestidigitador al decir que dudo mucho la aceptación unánime (anticipo, a mí me encantó), estaría bien tener a la mano una obra que curiosamente se hermanan con Prometheus en más de un planteamiento (y que por cierto, hasta responde certeramente más de una de esas interrogantes planteadas por Lindelof).

Hablo de la suculenta cinta clase B: Galaxy of Terror de 1981 (también conocida como Mindwarp: An Infinity of Terror, así que feliz cacería). Cinta producida por el que alguna vez se interesó en realizar Alien, Roger Corman.

Galaxy of Terror está dirigida por Bruce D. Clark y escrita por el propio Clark con la ayuda del también actor Marc Siegler y el diseñador de producción William Stout, luego famoso por su trabajo en Raiders of the Lost Ark (1981), Conan The Barbarian (1982) y The Return of the Living Dead (1985).

Aunque la película aparezca en varias listas de las 50 peores cintas jamás realizadas, la verdad es que refleja con méritos esa clase de cine arriesgado que se realizaba a finales de los setenta, principios de los ochenta. Una propuesta ajena a los reinados canallas de los comités de clasificación (y a al tijera editora que se justifica por la búsqueda de la ominosa taquilla), y que apostaba no por espectadores complacientes, sino cómplices en toda la extensión de la palabra. 

Vamos, acabemos pronto: Galaxy of Terror es una maldita cinta con la marca de Roger Corman.

Con Galaxy... estamos ante una cinta que no niega su influencia de Alien, pero que fue realizada solo con el presupuesto que, digamos, empleó aquella en la impresión de sus célebres carteles (para los que les gusten los números, se dice que Alien costó 11 millones de dólares mientras que la de Corman, según ficha técnica en su edición especial, apenas $700,00.00). Para el dato, basta tener en cuenta que si muchos de los escenarios y momentos de la película se vuelven familiares, es porque dentro del reducido grupo que la realizó, estaba un muchacho que sirvió como diseñador de arte, encargado de efectos especiales y hasta asistente de dirección llamado: James Cameron, responsable luego, como la historia nos dirá, de Aliens (1986), junto con un diseñador de vestuario llamado: Bill Paxton.

Galaxy of Terror inicia en algún momento del futuro, en algún lugar del universo, una entidad mística llamada The Master (un hombre cuyo rostro está cubierto por una luz roja que impide ver sus rasgos), líder político y espiritual de tan avanzada sociedad que domina el universo conocido, decide enviar a un variopinto grupo de rescatistas a un misterioso planeta llamado Morganthus. Su misión consiste en recatar a otros rescatistas que atendieron el llamado de alguna desconocida raza que habita, según parece, tan inhóspito planeta.

La nave en la que emprenden su misión se llama Quest. Los miembros del variopinto equipo son: la recientemente reincorporada al servicio Capitán Trantor (una ahabiana interpretación de Grace Zabrieskie, cuyo look y personalidad, por cierto, parece ahora inspirar a la gélida Meredith Vickers de Charlize Theron), el empático héroe Cabren (Edward Albert, que luego tendría fama como el padre de Wes Collins en la serie de los Power Rangers), el ya anciano pero aún respetado Comandante Ilvar (Bernard Behrens), que fue encomendado a la misión por el propio Master; el clásico adorno femenino con cargo y tareas específicas en la misión, pero que en la práctica solo pretexta rescates y gritos, y aquí por partida doble con Alluma y Dameia (Erin Moran y Taaffe O’Connell, esta última protagonista de la escena más famosa de la cinta que incluye a un enorme gusano y, oh, una violación); y los energéticos oficiales Baelon (Zalman King, antes de convertirse en el momentaneo rey del soft-porno), Quuhod (Sid Haig, con segunda y silente referencia mobydickeana), Kore (Ray Walston), Ranger (Robert Englund antes de volverse tanto un amigable extraterrestre invasor en V, y luego Freddy Krueger) y Cos (Jack Blessing).

La llegada a Morganthus es accidentada por una tormenta que rodea completamente al planeta. Claro, para cuando el Quest y su tripulación pisen tierra, ya hemos visto las ajadas relaciones que la tripulación tiene.

Aquí podrán comenzar ya las quejas sobre los acartonadas de las actuaciones y algunos ridículos diálogos (casi todos cortesía de Trantor), sin embargo todo eso se olvida una vez que los rescatistas encuentran el Remus, nave de la anterior expedición, y comienzan su exploración.

Ahí solo encuentran cadáveres y huellas de lucha, pero nada los haga pensar en la existencia de una inteligencia alienígena que produjera la tal señal de auxilio que trajo a la ahora destrozada nave y a su ahora desaparecida tripulación a Morganthus. Pero, explorando el perímetro, dan con una extraña construcción que asemeja una pirámide.

Y obvio, a pesar de algunas cosas extrañas que ya comienzan a pasarles a cada uno, deciden ir a explorarla.

Y es en ese momento que inicia la diversión, pues cada uno de los tripulantes comenzarán a ser víctimas de bestias que parecen provenir de sus miedos más profundos.

El origen de esas apariciones parece estar en esa pirámide, junto con un misterio aún más grande que sacudirá hasta el origen mismo de aquella avanzada y espiritual sociedad.

Resulta curioso que ahora Prometheus parezca seguir ciertos planteamientos de Galaxy of Terror, cuando en su momento fue tildada injustamente de ser una copia de Alien (la verdad, la copia fue Forbidden World de Allan Holzman, estrenada en 1982, también conocida como Mutant, otro producto de Roger Corman que aprovechó parte de los escenarios construidos para Galaxy...). Pero supongo que eso resulta por la propia naturaleza de ambas cintas, la búsqueda de una respuesta al misterio más grande del ser humano: los famosos ¿Quién soy yo y qué hago aquí y por qué? juntándolos con los mayores ¿En qué creer, por qué, para qué, cómo?

Momento ¿Una cinta de Roger Corman con esas divagaciones? De Ridley Scott no debe ser considerado como sorpresa, pero ¿De Corman?

Ah, por cierto Scott, Lindelof (y Spaihts)... ¿De plano O'Bannon no merece ni un pinche gracias en Prometheus, solo esa mención de: basado en algunos elementos de...?

Paremos un poco. Esto ha sido largo y cargado de información. Siguiente entrada, ahora sí Prometheus.

Atentamente, el Duende Callejero...