martes 3 de noviembre de 2009

La Llamada



Y como siempre, esto fue, es y será para Betty...

Todos los días sucede lo mismo: el teléfono suena justo cuándo mis llaves caen sobre la mesa que tengo a la entrada. Entonces, corro a levantar el auricular para emitir un agitado bueno y nada. Sólo escucho el silencio.

Debo confesarlo, cuándo este asunto comenzó, no le di mucha importancia. Durante aquellos primeros días pensé que sólo se trataba de una broma y eso me divertía. Pero ahora, ya tan cerca de cumplir un año de esas llamadas, simplemente no creo que siga siendo tan divertido dejar a la ligera una realidad: alguien me espía. Día a día, al llegar a mi casa, sé que esa llamada me estará esperando ¡Una locura! ¿Quién sino un loco puede tener la paciencia para reservarse ese momento en el que un llavero chapa de cobre toca la madera de una mesa sin importarle la hora o el día? Aunque, ahora que lo recuerdo, fue cuando pasaron aquellas primeras cuatro semanas que conformaron el primer mes cuándo formulé otra hipótesis: la llamada debía ser de un conocido, tal vez alguien del trabajo que haya invitado a casa alguna vez. Alguien muy observador que se las ha ingeniado para adivinar las bases de mis horarios y de mi ritual. Sí, ese ritual que todos tenemos al llegar a casa. Ese que a veces nos hace correr al baño o ir a la cocina para tomar algo o ir de lleno al gabinete del teléfono para enterarnos si tenemos mensajes en la contestadora o quizá que sólo nos limita a encender el televisor y hacer nada. Tal hipótesis fue descartada gracias a que la contestadora nunca guardó mensaje alguno antes de mi llegada, además que en mis años de trabajo en la fábrica sólo dos veces he invitado a alguien al terminar la jornada. Y no es porque sea un antisocial, lo que pasa es que tengo que caminar mucho y me da pena extender una invitación que obligue a alguien más a sudar esas calles. Mi trabajo queda lejos de casa y alejado a su vez de alguna vía de transporte. Son cómo dos kilómetros enteros los que hay que caminar, sorteando bodegas y alguna que otra casa del extremo norte de la ciudad. Vivo en una de esas colonias que se definen como peligrosas. Eso sí, en ese andar no soy el único. A cada salida siempre hay otros trabajadores que caminan a mi lado. Vamos juntos, gastando suelas de zapatos sin historia y sin dirigirnos siquiera más que un suspiro. Todos vamos alertas. Mucho más en las quincenas, que es cuando verdaderamente vamos cargando algo de dinero. Todo termina hasta que llegamos a la primera parada de camión. Ahí nos vemos por fin las caras y en silencio parecemos preguntarnos porqué seguimos trabajando en ese lugar si ni paga bien ni nos ayuda a salir de ese lugar de mierda. Estoy seguro que todos los que esperamos ese camión recordamos que, cuando dejamos el hogar paterno para convertirnos en hombres, queríamos ser todo menos lo que somos ahora. La mayoría de los que estamos ahí esperando, vivimos solos y en casas ajenas (si ni tenemos para comprarnos un auto ¿Podríamos presumir una casa?). Creo que, después de tantos años de ir y venir por ese camino cuyas cicatrices ya sabemos de memoria, las cosas se nos hacen mínimas. Indignas de cualquier observación secundaría. Y lo bello deja de serlo tras tanta vida limitada a espacios como ese. Y de un simple ir y venir de la fábrica a casa, acto tan rutinario, terminamos comprendiendo qué es volverse viejo.

Sí, quizá por eso soy el único de los que conozco que decidió modernizarse. Hace más de catorce meses no había nada en mi hogar que pudiera conectarme con el mundo que debo estar viviendo. Pero ahora, con la ayuda de mis ahorros de toda la vida, ha logrado cambiar eso. Compré una televisión de segunda mano con colores realistas, pero que se quedó sin pantalla por un accidente durante su instalación. También un refrigerador que en vez de mantener todo fresco, lo calienta. En la entrada hay un timbre que cuando se acciona toca una vieja canción que me gusta, además de una contestadora y un teléfono. No me arrepiento de nada, ni de haber comprado boberías en vez de un hogar o un auto. Y es que, por la situación en la que vivo, sí, la de la llamada silenciosa, he logrado sentirme acompañado ¿Será por eso qué desde aquella primer semana no busqué a la policía? Digo, ellos hubieran encontrado quién hace esas llamadas en un par de horas y listo, se acabaría el misterio. Pero, siendo honesto, creo que de haberlo hecho, las llegadas a casa no serían lo mismo. Ese aparato de dos piezas y cordón umbilical sería tan inútil como los otros que poseo. Y quién sabe, tal vez tan inútil como lo soy yo.

Sí, lo confieso, he aprendido a disfrutar las silenciosas llamadas anónimas. Ha habido momentos en los qué, al contestar, comienzo a hablar y hablar como si se entablara en verdad una conversación. La primera vez que lo hice fue hace seis meses y sólo para comprobar si en verdad había alguien en el otro extremo de la línea. Estaba seguro que nadie podría aguantarme una hora con un monólogo sobre mi noción de la vida, pero él o ella lo hizo. Y una vez que di por terminado mi discurso, me despedí: nos vemos mañana quién quiera que seas, y la llamada se cortó. Esa vez me sentí bien, aunque vaya que pensé que no quería hacer ese tipo de peroratas siempre. Sólo lo he hecho cuando verdaderamente me siento solo. Esa llamada es apreciada desde el fondo de mi corazón y en verdad la añoro una vez que termina. Por las mañanas, el pensar que después del trabajo regresaré a casa y volveré a encontrarme con ella, me hace olvidar que no tengo un verdadero hogar, ni un auto y que a cada día mi historia va gastándose sobre cada paso. Pues ahí estará ella, mi única compañera, la llamada, dándome el aliento que necesito con su silencio. Un silencio que ni la noche más estrellada en el vientre húmedo de esta ciudad sin nombre puede darme.

Pienso todo esto debido a que hoy se cumple un año. Y quizá por ello, he elaborado otra hipótesis. Tal vez las llamadas no existan y lo que escucho es mi mente imitando un timbre telefónico, harta ya de tanta soledad. No he podido hacer migas con alguien, aunque le he echado ganas. Y es que todo es tan difícil en nuestros días. Creo que en parte, es por ese temor de no poder contestar unas simples preguntas: ¿Qué es la amistad? ¿Qué será sentirse necesitado? ¿Ser alguien cuya espalda no esté desprotegida? Lo acepto, me da miedo ver a esa llamada cómo el simple sostén de que antecede a una amistad sin nombre. Los pensamientos que tengo de ella son ya de toda una vida ¿O qué son doce meses? ¿Quizá sea hoy, en nuestro aniversario, cuándo suceda algo importante? Eso me hace pensar en lo que leí una vez, algo sobre la esperanza: pilar más fuerte que sostiene a todo hombre y mejor narcótico de la existencia. El camión se detiene y salgo, como siempre, a empujones, encontrándome frente a la calle de siempre, contemplando varios rostros conocidos. Hasta el caminar entre desconocidos se hace monótono conforme avanza el tiempo. Una idea cruza mi cabeza: Este día debe ser especial. Por ello entro en tres tiendas y compro diversas cosas, desde comida que ni se me había ocurrido, hasta flores. El plan está hecho, dejaré las flores al lado del teléfono y prepararé la cena. Después, con mucho cuidado, depositaré las llaves sobre la mesa, accionando así la alarma. Entonces, ella se presentará parar cerrar el círculo de doce meses y una vida.

Y la llegada a casa fue intempestiva. Abrí la puerta con el corazón en la mano, me metí en la cocina y preparé la cena. Después, alterando un poco el plan, deposité las flores al lado del teléfono. Por fin, saboreando la cena y ansioso por la llamada que marcaría ese año de compañía omnipresente, de disputa contra la soledad y quién sabe Dios cuantas cosas más; tomé las llaves y con júbilo las deje caer sobre la mesa.

Nada, el teléfono no emitió sonido alguno.

Presuroso, corrí al lado del teléfono. Lo reviso, arriba y abajo y todo en orden. Lo sacudo, compruebo que en su interior aún habita la campana. Tomo el cable y lo sigo hasta la pared. Conectado. Salgo y reviso visualmente los cables. Todo, absolutamente todo en orden ¿Qué demonios pasó? Pronto me siento destrozado. Humillado. Entrado a casa y arranco el teléfono de un solo tirón. También dejo que la cena se queme. No me importa ¿Qué sucedió, quién quiera que fueras, por qué fallaste precisamente este día? ¿Por qué alimentaste todo un año a este tonto para después dejarlo hambriento? Quizás haya sido cierto, la mente es algo increíblemente traicionera. A la imaginación no le importa jugar un solitario con las cartas de tu vida si eso significa un poco de diversión. Una razón por la que confié en que no me dejarías fue porque nunca me dijiste nada. Nunca me prometiste algo que no cumplirías, nunca me orillaste a creer que estabas ahí o simplemente, que existías. Yo te di vida, forma y voz tan sólo de tu silencio y por tu silencio. No es justo, pero después de verlo desde ese punto de vista, me doy cuenta que esa es la verdad: tú, con ese silencio, sólo me diste más de lo que yo te pude dar. Me prestaste atención, me diste una razón para volver a estas cuatro paredes noche tras noche, me enseñaste que no estaba solo ¿Y yo qué te di? Nada. Menos que el silencio que me regalabas ¿Y si se te hizo tarde? No, lo siento, no puedo engañarme y dar esa mínima esperanza a alguien cuyo silencio es lo único que conozco. Aquí estoy, por si te interesa, con mis mejillas húmedas de lágrimas y mis manos hechas dos puños que golpean el piso. Levanto la cabeza, imploro que nada de esto sea verdad y recuerdo que todos los días había sucedido lo mismo. Eso me da rabia. Sucedía es pasado, eso no importa ya. No queda nada para el presente, quizá sólo, vaya cosa: el silencio. Y, hoy ese silencio no es igual.

Noto entonces que al fondo de la habitación hay un objeto extraño. Es la contestadora, hasta allá fue a caer. Emite un parpadeo débil. Su luz verde se enciende y apaga, enciende y se apaga ¿Cómo no me había dado cuenta? Me arrojo sobre la pequeña caja y compruebo que tiene un mensaje. No es mucho, pero ahí esta. Dejo la contestadora en el suelo, a mis pies. No quiero ni pensarlo, no me dejaste solo ¿Cómo me siento? Como si tras dejar de pensar que algo salió mal recibieras ese segundo respiro que comprueba que se está vivo. Regreso el mensaje pulsando un botón y espero a que la máquina haga su trabajo por primera vez en su vida. Y el casete se detiene. Acciono el play y la cinta comienza a avanzar. Las pequeñas bocinas emiten el acostumbrado silencio. Yo trato de estar lo más cerca a ellas, de disfrutar ese silencio tan conocido, tan mío.

Y entonces, dentro de aquel silencio, surge una voz.

Atentamente, el Duende Callejero...

¿Servida?

viernes 23 de octubre de 2009

El Derecho De Rebelión

Desde lo alto de su roca el Buitre Viejo acecha. Una claridad inquietante comienza a disipar las sombras que en el horizonte amontonó el crimen, y en la lividez del paisaje parece adivinarse la silueta de un gigante que avanza: es la Insurrección.

El
Buitre Viejo se sumerge en el abismo de su conciencia, hurga los lodos del bajo fondo; pero nada haya en aquellas negruras que le explique el por qué de la rebelión. Acude entonces a los recuerdos; hombres y cosas y fechas y circunstancias pasan por su mente como un desfile dantesco; pasan los mártires de Veracruz, pálidos, mostrando las heridas de sus cuerpos, recibidas una noche a la luz de un farolillo, en el patio de un cuartel, por soldados borrachos mandados por un jefe borracho también de vino y de miedo; pasan los obreros de El Republicano, lívidos, las ropas humildes y las carnes desgarradas por los sables y las bayonetas de los esbirros; pasan las familias de Papantla, ancianos, mujeres, niños, acribillados a balazos; pasan los obreros de Cananea, sublimes en su sacrificio chorreando sangre; pasan los trabajadores de Río Blanco, magníficos, mostrando las heridas denunciadoras del crimen oficial; pasan los mártires de Juchitán, de Velardeña, de Monterrey, de Acayucan, de Tomochic; pasan Ordoñez, Olmos y Contreras, Rivero Echegaray, Martínez, Valadez, Martínez Carreón; pasan Ramírez Terrón, García de la Cadena, Ramón Corona; pasan Ramírez Bonilla, Albertos, Kaukum, Leyva. Luego pasan legiones de espectros, legiones de viudas, legiones de huérfanos, legiones de prisioneros y el pueblo entero pasa, desnudo, mascilento, débil por la ignorancia y el hambre.

El
Buitre Viejo alisa con rabia las plumas alborotadas por el torbellino de los recuerdos, sin encontrar en éstos el porqué de la Revolución. Su conciencia de ave de rapiña justifica la muerte ¿Hay cadáveres? La vida está asegurada.

Así viven las clases dominantes: del sufrimiento y de la muerte de las clases dominadas, y pobres y ricos, oprimidos y déspotas, en virtud de la costumbre y de las preocupaciones heredadas, consideran natural este absurdo estado de cosas.

Pero un día uno de los esclavos toma un periódico, y lo lee: es un periódico libertario. En él se ve cómo el rico abusa del pobre sin más derecho que el de la fuerza y la astucia; en él se ve cómo el gobierno abusa del pueblo sin otro derecho que el de la fuerza. El esclavo piensa entonces y acaba por concluir que, hoy como ayer, la fuerza es soberana, y, consecuente con su pensamiento, se hace rebelde. A la fuerza no se la domina con razones: a la fuerza se la domina con la fuerza.

El derecho de rebelión penetra en las conciencias, el descontento crece, el malestar se hace insoportable, la protesta estalla al fin y se inflama el ambiente. Se respira una atmósfera fuerte por los eluvios de rebeldía que la saturan y el horizonte comenza a aclararse. Desde lo alto de su roca el
Buitre Viejo acecha. De las llanadas no suben ya rumores de quejas, ni de suspiros ni de llantos: es rugido el que se escucha. Baja la vista y se estremece: no percibe una sola espalda; es que el pueblo se ha puesto de pie.

Bendito momento aquel en que un pueblo se yergue. Ya no es el rebaño de lomos tostados por el sol, ya no es la muchedumbre sórdida de resignados y de sumisos, sino la hueste de rebeldes que se lanza a la conquista de la tierra ennoblecida porque al fin la pisan hombres.

El derecho de rebelión es sagrado porque su ejercicio es indispensable para romper los obstáculos que se oponen al derecho de vivir. Rebeldía, grita la mariposa, al romper el capullo que la aprisiona; rebeldía, grita la yema al desgarrar la recia corteza que cierra el paso; rebeldía, grita el grano en el surco al agrietar la tierra para recibir los rayos del sol; rebeldía, grita el tierno ser humano al desgarrar las entrañas maternas; rebeldía, grita el pueblo cuando se pone de pie para aplastar a tiranos y explotadores.

La rebeldía es la vida: la sumisión es la muerte ¿Hay rebeldes en un pueblo? La vida está asegurada y asegurados están también el arte y la ciencia y la industria. Desde
Prometeo hasta Kropotkin, los rebeldes han hecho avanzar a la humanidad.

Supremo derecho de los instantes supremos es la rebeldía. Sin ella, la humanidad andaría perdida aún en aquel lejano crepúsculo que la
Historia llama la Edad de la Piedra, sin ella la inteligencia humana hace tiempo que habría naufragado en el lodo de los dogmas; sin ella, los pueblos vivirían aún de rodillas ante los principios del derecho divino; sin ella, esta América hermosa continuaría durmiendo bajo la protección del misterioso océano; sin ella, los hombres verían aun perfilarse los recios contornos de esa afrenta humana que se llamó la Bastilla.

Y el
Buitre Viejo acecha desde lo alto de su roca, fija la sanguinolenta pupila en el gigante que avanza sin darse cuenta aún del por qué de la insurrección. El derecho de rebelión no lo entienden los tiranos.

Atentamente: Ricardo Flores Magón, publicado en Regeneración, 10 de septiembre de 1910 y recordado en estos convulsos días por el estimado Gerardo Albarrán de Alba ¿Harás válido tu derecho? Difúndelo...

martes 13 de octubre de 2009

Otra Tonta (Y Larga, Aunque No Por Ello Aburrida) Película De Guerra

Para Vicky Leyva, que me pidió este escrito y dio un brinco...



Va el reto: escribir sobre Inglourious Basterds (2009, Estados Unidos y Alemania) y no sobre su director y escritor Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee 1965). Así que si comienzo a desvariar, me avisan...

En 1992. el entonces periodista especializado en política internacional para BBC y durante algún tiempo editor de The Observer, Robert Harris (Nottingham, 1967), publicó su primer novela: Fatherland, logrando tal éxito tanto en crítica como en público que de inmediato decidió tirar por la borda su carrera periodística y dedicarse exclusivamente a la confección de best-sellers históricos, que hasta la fecha le han sido bastante redituables.


La aparición de su libro venía amparado por esa consabida (y últimamente tan deseada) polémica que asegura ventas millonarias y harta publicidad gratuita: la trama, que se situaba en 1965, en Berlín, además de ser un típico thriller que iniciaba con la sospechosa muerte de un alto mando del gobierno que, al ser investigado por el detective incorruptible de rigor (Xavier March), destapaba una cloaca de traiciones y conspiraciones que escalaban esa hasta la mismísima cúpula gubernamental, se arropaba cómodamente en la polémica al plantear que dicho crimen se da justo a una semana del cumpleaños número 75 de Adolf Hitler. Porque sí, en la novela de Harris, el llamado Eje del Mal fue quién salió victorioso en la Segunda Guerra Mundial, así que el Gran Tercer Reich es una realidad.

Los varios debates que generó la obra jamás tocaron la reiterativa trama. Todas optaron por hincarle el diente a dos puntos: el primero, aplaudido por cierto, versaba sobre el riguroso detalle con el que Harris describía, tanto arquitectónicamente como política, cultural y socialmente al tal Gran Tercer Reich, junto con su espinosa relación con el resto del mundo (en el que, obviamente, sólo tenían un verdadero parangón para sus expansionistas ideas: Estados Unidos, con el que mantenían su propia Guerra Fría). El segundo, auspiciado claramente por sectores conservadores dentro de la crítica y el público, catalogaron como blasfemia la mera intención de trastocar la historia del hombre en pos de vanagloriar, dijeron, la mera posibilidad de que el Nazismo ganara la guerra e impusiera su orden mundial de forma impune.

Harris dejó que los debates se dieran. Contestó las preguntas que se le hacían, discutió las discusiones a los que le invitaron. El caso era que al final, él simplemente cobró su cheque y comenzó a trabajar en su segunda novela (Enigma, sobre un matemático, sus amores y su misión que toma por despecho: descifrar el temible Enigma, esa máquina de mensajes cifrados usada por los Nazis), sin que el asunto sobre realidad-ficción o moral-arte le quitara el sueño. Lo suyo no se trató jamás de algo más que de un divertimento inocuo en el que, en todo caso lo que más pudo potenciar fue no su capacidad de fabulación o sus dotes de visionario, sino su tartamudo pulso de aprendiz de escritor de novela negra vuelto temprana celebridad gracias al patológico odio vicario sobre el orden histórico.

Fatherland como novela, no pretendió jamás ser algo más que un fenómeno perecedero de la mesa de novedades. Que luego se le colgaran milagros alegóricos sobre el significado del imperialismo militarizado denostado por uno de los verdaderos vencedores de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, o sobre el mal que emana el poder absoluto y demás cosas, es sólo valor agregado. En el fondo, Harris sólo había escalado exitosamente una escalera cuyos peldaños eran títulos de, digamos sólo como idea, autores de culto (u ocultos): Philip K. Dick y su genial The Man in the High Castle (1962), Eric Norden y su novela The Ultimate Solution (1973), entre otros.

Lo curioso es que, de los dos debates ya citados, el segundo es el que le pesó más a Fatherland. Por alguna extraña razón, ese purismo sintomático que plaga la crítica, logra justificar sus desvaríos endilgándole al arte o al entretenimiento una legión de penas ajenas apenas sostenibles. Resulta divertido leer, por arriba y por abajo, o escuchar, de cabo a rabo, a un sesudo crítico derretir su corteza cerebral solamente para intentar dejar en claro en qué punto el autor se tomó, y sin eructar, su muy respetable licencia poética, berrando inmediatamente después la fecha o el acto o el personaje correcto.

De esa forma, que una película o una novela o lo que fuera no sea históricamente correcta, siempre logrará hacer correr más ríos de tinta que si una película o una novela o lo que fuera sea un simple bodrio. Por una parte, el crítico promedio tiende a pasarle al bodrio por encima y arrugando la nariz... Delegándole apenas unas palabritas divertidas y ya. Pero... ¡Ah!... Si hay incorrecciones históricas ¡Agarraos! Que habrá duelo...

Ahora brincamos hasta este 2009. Quentin Tarantino pone en las salas cinematográficas su propia reinvención histórica, pero vaya cosa: solamente repite la hazaña de Harris... Sí, levanta olas en un vaso de agua entregando un divertimento inocuo que se ha visto beneficiado por el consabidísimo debate historia-ficción o moral-arte. Un debate que, habrá que decirlo: le queda grande. Y es que lo que en verdad Inglourious Basterds debería despertar es un debate sobre el saqueo-homenaje amparado por la posible respuesta a la siguiente pregunta ¿Es válido entonces, leyendo las orgiásticas críticas y las dramáticas opiniones vertidas ante este mero pastiche sin gracia que es la película, vanagloriar el vitralismo como técnica perfecta de creación cinematográfica a prueba de crítica?

¡Ah, el vitralismo! Lo explico rápido: los que quieran ampararse en esta técnica, deberán, primero, confeccionar un armazón de hierro (una premisa), que sea lo bastante sólido como para soportar el montón de vidrios de colores (personajes, acciones), que serán los que formarán la imagen que se pretende vender (película). En esta técnica, lo que más importa es llamar la atención, ser vistoso. Y que jamás se olvide que, por lo limitado que resulta la tal técnica (pues más que una imagen, es la imitación de una imagen lo que se logra), se debe hacer referencia sin posibilidad de bochorno, a cosas ya conocidas: historias, personajes, eventos, imágenes, símbolos... Lo que fuera es bueno. Lo que importa es el efecto ¡Whooooow!

De tal forma, el cineastra vitralista tiene, como única gracia, apantallar de lejos. Sí, de lejos. Un vitral de cerca sólo será un montón de vidrios de colores soportado por un armazón negro, siempre.

Inglourious Basterds, el nuevo vitral de Tarantino, saquea-homenajea a un subgénero cinematográfico más que olvidado, ignorado: el Macaroni Combat. Dicho subgénero, al igual que su primo, el Spaguetti Western, nacen en Italia a finales de los sesenta, principios de los setenta, como una forma de reactivar su industria cinematográfica mediante la revisión de géneros que en otros lugares y en otros tiempos fueron exitosos. Esa suerte de revival, sin embargo, más que saquear-homenajear logró proponer un nuevo camino que, sumándose al género al que hacía referencia, acabó convirtiéndose por derecho propio en un referente ineludible.

Obviamente, el Spaguetti Western y el Spaguetti Horror ganaron la inmortalidad, dejando al tal Macaroni Combat en un cajón de los sinrecuerdos (del que el propio Tarantino pareció pasar por alto, pues al preparar esta película, en lugar de citarlo como influencia, dijo que quería hacer un western ambientado en la Segunda Guerra Mundial... O sea, un Macaroni Combat).

Inspirados por el éxito logrado por una pléyade de películas (The Guns of Navarone de J. Lee Thompson en 1961, The Dirty Dozen de Robert Aldrich en 1967, Where Eagles Dare de Brian G. Hutton de 1968, Kelly's Heroes también de Hutton en 1970), un conjunto de directores italianos comenzó a fraguar un conjunto de películas en las que se repetía la fórmula de las anteriores: una patrulla de norteamericanos e ingleses entraban en zona ocupada por Nazis para cumplir una misión que parece imposible, ayudados por la gente local hasta donde pudieran. Y por ahí uno saldrá traidor, uno o dos serán los que sepan alemán, etcétera. Apoyados, claro, por títulos tramposos como Eagles Over London de Enzo G. Casteralli en 1969, y Dirty Heroes de Alberto De Martino en 1970.


Pero, dicho subgénero parió su mayor obra de forma tardía con The Inglorious Bastards de 1978, dirigida por Casteralli (y que me tocó ver en el cine a finales de los ochenta... Jo). En ella, un grupo de malandrines que portan el uniforme del ejercito norteamericano y que van camino a un juicio militar por sus crímenes, quedan libres luego de un certero ataque en la Francia ocupada con una sola opción: ayudar a la Resistencia Francesa en una misión suicida que, de conseguirla, les asegurará un pase franco a Suiza y a su libertad.

Obviamente Tarantino toma la película de Casteralli como la base para erigir su vitral. Sólo que acá le quita sistemáticamente todo lo interesante (el confrontar esa doble moral entre el patriotismo y la supervivencia, el verdadero problema sobre el concepto del héroe, la violencia como único vehículo libertador en tiempos como los nuestros), para dejar una muy larga y muy tonta película de guerra, divertida, sí, onanista en extremo, sí, pero nada, nada, nada más.


Un grupo de soldados judíos atarantinados (o sea, se la llevan poniendo caras chistosas y escupen monólogos hipertextuales y completamente fuera de contexto, incluyendo uno que es crítico cinematográfico especialista en cine alemán), que se hacen llamar Los Bastardos y que están comandados por Aldo Raine (un cicatrizado Brad Pitt), se ofrecen para realizar no una misión suicida, sí pendeja: meterse en la Francia ocupada a matar alemanes a diestra y siniestra nada más para inyectar el miedo y ganar la guerra. Ah no, perdón, no sólo eso: los masacran y luego les cortan los cueros cabelludos como si ellos fueran indios americanos y los Nazis hombres blancos (pues el tal Raine, dizque, es descendiente de pieles rojas o algo así), dejando sólo a uno vivo para que cuente lo sucedido, provocando así la leyenda negra. El caso es que los tales Bastardos comienzan a aterrorizar a los soldados Nazis, mientras se enredan en una conspiración para matar a Hitler auxiliados por miembros de la Resistencia Francesa infiltrados con los Nazis y algunos alemanes que no comulgan con el régimen. Y ya...

¿O es que en verdad hay una historia qué contar? No... Como buen vitral, aquello es pura imagen... Bien logradas sus secuencias... Claro. Carismáticos sus actores... Claro... Pero ¡Es todo!

Y así, ni el cruel pero carismático asesino alemán, el tal Hans Landa (Christoph Waltz), encuentra su verdadero lugar; ni Shosanna, la muchacha judía que regentea un cine en pleno París con deseos de consumar su venganza (Mélanie Laurent), acaba de convencernos que se puede huir de la matanza que acabó con su familia para convertirse al poco tiempo tanto en miembro de la Resistencia como en burguesa que se codea con el enemigo; ni la actriz que es doble agente (Diane Kruger), logran dar más que buenos momentos en ese pastiche que se alarga y se alarga criminalmente. Así, los tales Bastardos parece a veces que sólo están gravitando en la historia que surge entre Shosanna, Landa y el destino. Tarantino se la lleva repitiendo escenas, partes musicales y guiños de sus otras películas de lo lindo, supongo que por una razón... Sólo que no entendí cuál... Y cuando no hace eso, se la lleva de plano saqueando-homenajeando esas viejas y olvidadas películas de guerra italiana (y uno que otro western leonesco).

Y bueno, casi tres horas después, la película llega por fin a su final. Hitler muerte bajo las balas de los Bastardos en un cine que arde gracias a un combustible perfecto: las propias películas ¡Qué romántico! Por ello, argumento que decir que estos Bastardos Sin Gloria es la mejor película de Tarantino después de Jackie Brown, es como decir, parafraseando a Roger Ebert, que la gripe porcina es mejor que la aviar. Sólo que como ahora, por un lado de la crítica y el público se dice que hasta nominación al Oscar se merece, mientras que por otro se reclaman la hoguera para ese falsificador histórico de gran quijada... Viene mi pregunta...

A ver, a ver... ¿Qué diferencia hay entre esto...


... Y este?


Respuesta... Obvia: uno es divertido. El otro no.

Atentamente, el Duende Callejero...

lunes 12 de octubre de 2009

Rompecabezas, Parte 2

Frogomandapio González: "Ehm... La verdad, la mitad de los pedales no tiene pilas... Pero salen bien para la foto ¿no?"

Pelle: "Yo insisto en que debes bajar una aplicación de metrónomo, pero bueno"
Frogomandapio González: "¿Rock Pop, it's a wrap?"


Frogomandapio González: "¡Detector de metaaaaaaaaaal!"

Pelle: "¿Qué pensará Niurka de todo esto? Se lo preguntaré"
Frogomandapio González: "¿Chan-Chaaan-Chararan?"
Mondanus Imperium: ¿Silly Monkey, eres tú?
Rock Pop (o Tetelín Portnoy): "No... ¿Chararan-Chaaan-Chararan?"

Todos: "I see a rainbow risiiiiiiiiing!"

Frogomandapio González: "I see a venti riiiiiiising!"

Silly Monkey: "Nothing is risiiiiiiing!"

Rock Pop (o Tetelín Portnoy): "Hola, mi nombre es Rock Pop y hasta mi café lo dice: no tengo límites"

Frogomandapio González: "Prometo bajar una aplicación de metrónomo Pelle, sí"
Pelle: "Un momento ¿Eso significa que ya soy coprófago?"

Atentamente, el Duende Callejero...

¿Más fotos?

jueves 24 de septiembre de 2009

En Vivo Desde Johannesburg



Para el Frogo, que aunque le vale madre la poesía y dudo mucho que me lea, lloró con esta película...

En 1904, el poeta griego Constantino P. Cavafis dio a conocer su poema Esperándo a los Bárbaros. Cavafis, producto mismo de dos milenarias culturas (nacido en Egipto, en la mítica Alejandría, de padres griegos), y conocedor de dos mundos que, profesionalmente parecen siempre colisionados (fue tanto un servidor público o burócrata de cepa, que un periodista y luchador social), detalla en su poema, sin recelo, uno de los grandes problemas que siempre empantanará a eso que llamamos imperialismo: esa tendencia por demás abominable por utilizar, como su arma más efectiva para la solución de cualquier conflicto interno que se le presente al imperio, ese miedo que producen los otros... Los extranjeros... Los extraños... Los bárbaros... Pues qué mejor solución que culpar a un extranjero de nuestros males, en lugar de escarbar un poco en nosotros mismos, y entonces meterse en verdaderos problemas:

- ¿Por qué empieza de pronto este desconcierto
y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esa gente, a fin y al cabo, era la solución.

Esperándo a los Bárbaros, enorme poema que sembró su semilla en un puñado de obras igualmente grandiosas (El Desierto de los Tártaros de Dino Buzzati, publicado en 1940; Esperándo a Godot de Samuel Beckett, escrita y montada entre 1948-49; Esperándo a los Bárbaros de J. M. Coetzee, publicada en 1980, novela que sirvió como inspiración para una ópera del mismo nombre, compuesta por Philip Glass con libreto de Christopher Hampton, y que fue estrenada el pasado 2005). Obras que, cada una desde su respectiva trinchera, aportaron su parte para abogar por la demolición de ese muro que aún ahora sigue siendo esa asignatura pendiente que, como humanidad, tanto y tanto nos pesa...

Sí, hablo de ese muro compuesto por la intolerancia, por la segregación racial y por el mismísimo imperialismo y sus políticas de terror.

Ejemplos más, ejemplos menos: a finales de los cuarenta inició el apartheid en Sudáfrica. Política de segregación racial disfrazada de... ¡Nada! Hasta eso que hay que aplaudirle algo al gobierno sudafricano: jamás mintió. Dicha medida, propuesta por el Partido Nacionalista que entonces estaba encabezado por un carismático Daniel François Malan, proponía una solución inmediata y segura para tanto problema racial y territorial latente en tan explotada colonia.

Lo alarmante del tal apartheid fue que no habían pasado más de dos años desde el final del holocausto, así que apenas estaban los famosísimos Juicios de Nuremberg en marcha, cuando ya la historia se repetía. Bueno, podrán decir muchos que estoy equivocado, que la historia de África era otra, que lo que hicieron los Nazis fue un genocidio y una barbarie sin nombre o de plano fue otra cosa... Mientras que lo que hicieron esos occidentales, educados, religiosos y humanistas (y en su mayoría o ingleses u holandeses o franceses, ya fuera por descendencia o nacionalizados), en esa salvaje y primitiva África, se hizo en nombre un bien mayor: la colonia (no, y no fue ni por los diamantes, el oro, el esclavismo o la sed de poder). Pero bueno, lo verdaderamente curioso era que ahora existía el antídoto para esa clase de mal: la recién conformada Organización de las Naciones Unidas, creada, según eso (o según esos), como un organismo internacional autónomo (con sede perpetua en Nueva York), que velaría por los intereses de las naciones con una sola meta: prevenir que lo ocurrido en la Alemania Nazi o en la Italia Fascista (y ya que estamos en eso, pues también en la Rusia Zarista y hasta en el México Porfirista), jamás se repitiera.

Pero, la historia nos lo dice: la ONU sólo pudo hacerle miles de congresos y excelentes discursos y vistosos spots televisivos y mediáticas campañas cargadas por esos portadores de tan distinguidos nuevos títulos nobiliarios (Embajadores de la Buena Voluntad les llaman, y ellos y ellas o cantan o actúan o saben sonreír o llorar de lo lindo ante las cámaras), al tal apartheid.


Eso sí, oficialmente, el programa no se llamó apartheid. Ese era el nombre de calle, de las pintas en las paredes, de las notas sensacionalistas. Algo peyorativo que ofendía al cónsul en turno. Pero bueno, ese es el nombre que aparece en los libros de historia. Su supuesto: separar racialmente a Sudáfrica, para que cada una de las razas nativas fueran autónomas y con territorio definido. Así ninguna se metería con la otra y la problemática de dónde iba al baño uno o qué derechos laborales o de vivienda tenía el otro, estaban arreglados. Obviamente los ganones serían los blancos, que gobernarían democráticamente y civilizadamente ese extenso y rico territorio, dejando a las otras razas (los negros y los mestizos), en sectores marginales determinados por números, con trabajos menores y con un problema para nada menor: el aislacionismo.

En más de una ocasión se le señaló a tal medida de ser limpieza étnica o de ser esclavista. Sin embargo, el resto del mundo, la historia lo dice, universalmente sólo se encogió de hombros, algunos sí encendieron petardos desde la comodidad de sus mansiones, y otros más movieron la cabeza de izquierda a derecha. Eso sí... Todos siguieron con sus asuntos.

Por ello no debió caer de sorpresa que el apartheid acabó casi por su propio peso en 1994. El presidente Frederik Willem de Klerk, que llegó al poder en 1990, fue el que, casi por sus pistolas, deshizo la separación étnica y para bien o para mal, organizó las primeras elecciones unidas que llevaron al poder a Nelson Mandela (y a él al Premio Nobel, junto a Mandela). El apartheid había terminado, pero los eventos sucedidos y sus secuelas, apenas iniciaban.


Neill Blomkamp, nacido en 1979 en Johannesburg Sudáfrica, o mejor dicho, nacido en el mero cenit de la Sudáfrica del apartheid, podría señalarse como una de esas secuelas.

Alumno destacado de las escuelas de arte, especialista connotado en animación, comenzó a trabajar profesionalmente a los 16 años en su natal Sudáfrica, en diversos trabajos de publicidad. Pronto, su nombre comenzó a brillar, así que para cuando cumplió 18 años, Blomkamp salió de Sudáfrica con su familia, para irse a radicar en Vancouver Canadá, entrando a la Escuela de Cine de Vancouver, prestigiosa institución privada especializada en la animación digital y el desarrollo de nuevas tecnologías.

Los primeros trabajos de Blomkamp en la megaindustria del entretenimiento norteamericano, fueron realizando pequeños segmentos de animación ya fuera en películas (3,000 Miles to Graceland de Demian Lichtenstein) o en series televisivas (Dark Angel, creada por James Cameron), además de desarrollar proyectos publicitarios de primer nivel (Nike, Gatorade), obteniendo reconocimientos y premios al por mayor. En el 2005, como parte de un proyecto sobre nuevas técnicas de animación y la práctica con unos prototipos de cámaras digitales, realiza un corto, su primer trabajo de ficción, en el que regresa, al menos como contexto, a su natal Johannesburg para tratar su propio trasunto del apartheid: Alive in Joburg (2005). Sólo que una cosa cambiaba... O mejor dicho, se sumaba al problema de segregación racial real que Blomkamp conocía al dedillo... Una escabrosa clase de extraterrestre sin nombre que ha llegado a la tierra, concretamente a Johannesburg o Joburg, que venían escapándose de su propio planeta y de su propio apartheid, para encontrar que, primero, lo que venían a ofrecer, llámese conocimientos o tecnología, no eran ni requeridos ni deseados pues había problemas más grandes qué atender, y que, segundo, su llegada, en lugar de alegrar al respetable y marcar un hito en la humanidad sobre esa hipótesis por siempre romántica sobre la existencia de vida en otros mundos o de que no estamos solos, sólo vino a despertar la hostilidad que cada ser humano lleva dentro por una sencilla cuestión: la necesidad de compartir.


Lo interesante del corto: en seis minutos y segundos, Blomkamp logra contar todo eso mediante una trampa de lujo... El recurso del mockumental, que le permite no acabar verbalizando una premisa tan política, sino concentrarse en desplegar su imaginería fantástica sin ataduras, a un ritmo trepidante y sin forzar absolutamente nada.

Así, sin concesiones, el joven sudafricano se revela ya no sólo como una promesa en el dominio técnico del arte cinematográfico, sino también del narrativo, comprometiendo su propuesta por la incómoda etiqueta política que, lejos de pesarle o sobrarle, complementa su descarnada apuesta: entregar un gran ejercicio de ciencia ficción.

Microsoft se fija en el joven y le entrega íntegramente su secreto máximo: suya será la campaña para promocionar el Halo 3. Comienza entonces una campaña viral que, pronto, da de qué hablar. Ovnis sobrevuelan casas, edificios, ciudades con una nitidez espectacular. Las imágenes pronto dejan el youtube en turno, trasladándose a los noticieros. Los más avispados reconocen las naves de inmediato.

El resto sólo se maravilla: algo está por suceder.

Algo...

Luego de entregarle a Microsoft esos bellos promocionales para Halo 3 (el de la escena de batalla detenida), y de filmar su segundo corto de ficción (Tempbot del 2006), Peter Jackson adopta a Blomkamp. Juntos dirigen el corto-promocional para las cámaras digitales RED ONE: Crossing the Line, además de que preparan, quizá en el secreto peor guardado del mundo cinematográfico de los últimos tiempos, la versión de Halo. Sólo que Microsoft retrasa el proyecto al grado de hacer una re-re-escritura del guión, por lo que Jackson se queda con su parte del presupuesto para hacer la película... Así que le dice a Blomkamp que hay 30 millones de dólares para hacer algo...

Blomkamp no pierde tiempo: la versión extendida (o quizá sea mejor dicho: completa) de su primer cortometraje.


El resultado es Distric 9 (2009, Nueva Zelanda y Estados Unidos), más que un largo apéndice de esa maravilla llamada Alive in Joburg, estamos ante una película que trasciende el mero ejercicio retórico-interpretativo devenido de toda propuesta ciencia-ficcionera-especulativa, para convertirse, por derecho propio, en otra de esas obras grandiosas que, de una forma u otra, parafrasean a Cavafis y a sus bárbaros, sólo que ahora con todo el peso tecnológico y de nuevo milenio a cuestas.


La premisa es la misma que el corto: extraterrestres llegan a Johannesburg en pleno apartheid. Esos extraterrestres son lamentables, sus naves espaciales son unas cafeteras, y no hacen más que quejarse, así que más que ofrecer esperanza de que, como sabiamente dijeron los Monty Python: exista vida más inteligente que nosotros en otro planeta, los visitantes propuestos por Blomkamp vienen sólo a convertirse en lo que tanto Kafka como Borges llamaron: Odradeks.


Y de inmediato, esos extranjeros... Esos extraños... Esos bárbaros interestelares se convertirán en la razón de todos nuestros males. Todo contado en dos planos: el del mockumental (que, por cierto, si la leyenda es cierta, las opiniones de la gente son reales. Blomkamp y su equipo realizaron cientos de entrevistas en las calles, además de sacar unas cuantas de los arcones de los recuerdos, bajo la premisa de que hacían un documental en forma. Así que los entrevistados hablaban de sus propios vecinos, salvo en los casos que se menciona la palabra extraterrestre o bicho), y en el de la ficción de rigor. Y para no arruinar nada más, sírvase adivinar que ese viejo dicho que más o menos reza así: el mal sólo ganará si los hombres buenos no hacen nada para evitarlo, se cumple al pie de la letra, con transformación incluida.

¿O será que sólo siendo también un extraño, entenderemos quiénes somos?


...y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esa gente, a fin y al cabo, era la solución.

A esperarla este 16 de octubre.

Atentamente, el Duende Callejero...

miércoles 23 de septiembre de 2009

Rompecabezas, Parte 1


Mondanus Imperium: "¿Cómo se escribe: wichun ded?"


Tetelín Portnoy: "Síncopa o culón"


Gusi Riveiro: "¿En serio la letra dice: En un pupitre (... como todos lo demás)?"


Frogomandapio González: "¡Chin!... ¿Algún tutorial del youtube me dirá cómo puedo cambiarle ese sonido de pato al metrónomo?"


El Pelle: "¿Quién habrá comprado esa cajita de kleenex de Hello Kitty?"


Gusi Riveiro: "¿En serio la letra dice: Entre lunas de poder?"

Atentamente, el Duende Callejero...

lunes 21 de septiembre de 2009

En Lo Profundo Del Bosque

Una pregunta salta al iniciar la película: El nombre de Lars von Trier (1956, Copenhague, Dinamarca) aparece y queda unos cuantos segundos en pantalla, en silencio, enorme. El diseño de tan vistoso crédito (y de los intertítulos que aparecerán a lo largo de la película), fueron realizados por el escultor, poeta y también cineasta Per Kirkeby (1938, Copenhague, Dinamarca). Luego, a corte directo, el crédito cambia. Ahora queda Antichrist (o mejor dicho: ANTI/CHRIST).



¿Nos está planteando von Trier, con esa arrogancia que lo caracteriza, además de que él es el autor total de lo que vamos a presenciar, que eso de Anticristo cabría también como su seudónimo?


El camino que recorrió Antichrist (2009, Dinamarca, Alemania, Francia, Suiza, Polonia e Italia) desde su planeación hasta su filmación fue largo y tortuoso. El propio von Trier se ha encargado de hablar sobre ese camino en cada entrevista que ha dado desde su infame presentación en Cannes. En resumen: en el 2002-03, von Trier comienza a escribir una historia de horror que planeaba grabar una vez se desocupara de sus proyectos en desarrollo. Por esos años terminaba con su polémica Dogville (2003), estrenaba su extraño experimento The Five Obstructions (2003), e iniciaba la pre-producción de Manderlay (2005). También producía Dear Wendy (2005, de Thomas Vinterberg y basada en un guión suyo) y All About Anna (2005, de Jessica Nilsson). Von Trier planea grabar en el 2005 su guión de horror para estrenarlo en el 2006 a más tardar, sólo que su productor ejecutivo, Peter Aalbœk Jensen se le suelta la boca en una entrevista y revela aspectos importantes del guión recién terminado (entre ellos el nombre de la película: Antichrist). Por ello, el director, además de enfurecerse decide posponer el proyecto para re-escribir el guión. Entonces, mejor escribe y dirige su primer comedia: Direktøren For Det Hele (2006, El Jefe de Todo), hasta ahora su mayor éxito comercial y de crítica. Dicha película sirve, a su vez, para presentar su polémica técnica: Automavision (que consiste en que el director ubica varias cámaras en el set, para luego dejar que una computadora seleccione los movimientos y encuadres por sí misma, sin injerencia humana).

Luego de ese 2006, Antichrist inicia su desarrollo. Aquí convendría hablar sobre algo: von Trier no es extraño para el horror. Entre 1994 y 1997, produjo, dirigió y escribió la miniserie para televisión de dos temporadas llamada Riget (The Kingdom, de ocho episodios), una historia de fantasmas que rondan en un hospital, contando sus historias a los médicos e involucrando sus propias familias. Dicha serie fue adaptada en Estados Unidos por Stephen King, llevando el nombre de Kingdom Hospital, estrenada en el 2004 y que constó de 13 episodios. Sin embargo, a diferencia de Riget, Antichrist se planteaba no como un ejercicio a gran escala del Dogma 95 con cierto humor, sino como una auténtica propuesta de horror en la que el propio director exorcizaría a sus propios demonios, apoyándose en una hermosa y siniestra paleta de colores cortesía del director de fotografía Anthony Dod Mantle.

Antichrist, como otras películas de von Trier, está capitulada. Se dividide en 4 partes, más un prologo y un epílogo. Tanto el prólogo como el epílogo están en blanco y negro. La película inicia con una pareja (Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg), que toman un baño, pero mejor comienzan a besarse, hasta iniciar el coito en el piso. Una de las arias de la ópera Rinaldo de Handel, además del ralentí empleado, más ese genial tono plomo hacen de la escena una belleza a pesar de la dureza de lo que sucede a la par... Mientras la lavadora inicia su ciclo de lavado, el pequeño hijo de la pareja logra abrir su cuna, y baja de ella. Se asoma y ve a sus padres en pleno acto, pero... Vaya, la ventana está abierta... Y afuera cae nieve. La pareja y su hijo viven en un departamento en lo alto de un edificio. El niño va a esa ventana cargando su oso, y en su andar tira a tres figuras: tres mendigos que en su base tienen escrita una palabra cada uno... Dolor, Culpa y Desesperación (Pain, Grief y Despair).


El niño acaba cayendo al vacío mientras la pareja llega al clímax. Ella suelta una lágrimas justo cuando su hijo toca el pavimento lleno de nieve. Él se acuna en su regazo cuando el oso también toca el pavimento.

Vuelvo a decirlo: ese hijo de puta de von Trier logra una escena preciosa en la que un hombre arroja su semen dentro de una mujer, que sólo gime de placer, mientras su única producto muere por su propio descuido ¿No hay más mañana, acaso?

La lavadora termina su ciclo de lavado... Y nos vamos a negro...

Así inicia la primera parte: Culpa (Grief). La pareja, dolida, comienzan a querer recomponer su vida tras el funeral. Vemos al hombre llorando y a la mujer sin expresión caminando tras el auto fúnebre. Luego entendemos que él es un psicoanalista decidido a sacar a su mujer de esa depresión en la que se ha sumido. Errática, vomita y se niega a comer. Lleva meses recluida en un hospital. Ha dejado todos sus planes pues la culpa no la deja vivir. Al ver que los cuidados médicos no rinden fruto, él hace un plan: llevarse a su mujer a su casa y comenzar a tratarla personalmente.


Sólo que todo empeora. Ahora duermen en cuartos separados, la obliga a deshacerse de su medicamento, elabora un plan: ir a esa cabaña perdida en el bosque, Edén, en la que ella se recluyó una temporada con su hijo para terminar una tesis que preparaba sobre el genocidio. Sin embargo ella niega haber ido a ese lugar.


Comienzan ahora sus sueños: algo la acecha. Algo que la espera precisamente en el bosque. Él acaba convenciéndola. Van a Edén para realizar un arduo trabajo en el que por fin dejarán en paz el recuerdo de su hijo, cuando, en el camino, la naturaleza comienza a revelarse: mientras ella duerme, él explora el bosque y encuentra a un venado hembra. En su parte trasera cuelga el cadáver de un venado recién nacido. El venado hembra corre dejando tirada y muerta a su cría.

Sí... Nietzsche: Algunos nacen de manera póstuma.


Las siguientes partes de Antichrist (Dolor - El Caos Reina -, Desesperación - Genocidio - y Los Tres Mendigos), relatan los avances tanto de la tal terapia (un acercamiento a la naturaleza, que está viva), como el descubrimiento por parte del hombre sobre lo poco que conoce a su pareja (¿En verdad no visitó Edén con su hijo?). Mientras que ella va enloqueciendo a causa tanto del aislamiento como de la carga cultural en la que la mujer provocó la pérdida del paraíso. Mientras, la naturaleza alrededor de Edén comienza a manifestarse con una lógica propia (un zorro se devora a sí mismo y habla, un cuervo enterrado de pronto sale volando, un montón de hongos atacan al hombre, cae granizo), mientras un bebé comienza a llorar... Y ella repite una y otra vez: Nature is Satan's Church... Y comienza la locura...


Sí, otra vez Nietzsche: Viciosa es toda especia de contranaturaleza...

¿Y qué más contranatural que el hombre mismo, que ajeno a sus instintos, como los animales, como la naturaleza, ha decidido obrar en base a sus deseos, a sus placeres, a su intelecto?

Contrario a lo que se ha dicho, Antichrist es más que una película misógina (en todo caso, el tema de la misoginia se expresa debido a su matiz cultural: la historia del mundo, de forma general, ha sido labrada por el hombre pisoteando a las mujeres ¿Qué pasa cuando eso se invierte? ¡Ah, la contranaturaleza inicia! Y todos, absolutamente todos lo resentirán... Recordemos a Nietzsche: La humanidad no representa una evolución hacia algo mejor, o más fuerte o más alto, al modo a como hoy se cree eso. El progreso es una idea moderna, es decir, una idea falsa).

Antichrist es una verdadera película de horror que no dejará jamás a nadie indemne.

Y aunque se entiende de inmediato la polémica: ¿Qué más podría esperarse de ese provocador profesional? Oficialmente, la única justificación para hacer Antichrist por parte de von Trier fue que estaba deprimido y quería salir avante de esa depresión. Por tanto, y regresando una vez más a Nietzsche: Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo en un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

El Antichrist de von Trier impresiona, aburre, horroriza. Se nota su factura, tan milimétricamente planeada para llevar al espectador a esos rincones oscuros de la humanidad (incluye esa observación de que su primera parte es demasiado lenta y toma su tiempo para desarrollar sus planteamientos), en la que el nihilismo puede palparse con tan sólo estirar la mano, tanto como repetir como letanía en la oscuridad de la sala esa sentencia de Nietzsche que dice: El concepto hijo del hombre no es una persona concreta, perteneciente a la historia, una realidad singular, irrepetible, sino un hecho eterno... Un símbolo psicológico desligado del concepto del tiempo.

Pues si el hombre es el hijo de Dios, y él nos hizo a su imagen y semejanza... Por nuestras acciones, cabe la pregunta ¿Entonces quién ese Dios que nos ha creado así como somos?

Von Trier arroja una y otra vez esa pregunta. Dafoe y Gainsbourg intentan responderla con su propia carne y nosotros, los espectadores, o nos dejamos llevar o simplemente pasamos de lado.

No hay más. La película se hizo para que le arrojáramos piedras o la reverenciáramos. Y en esa idea, nada más está a discusión.

Los productores la están etiquetando como la nueva Salò o le 120 Giornate di Sodoma (1975, Pier Paolo Pasolini), o la nueva A Clockwork Orange (1971, Stanley Kubrick). Están equivocados. En todo caso, Antichrist está más en la línea de Vargtimmen (1968, Ingmar Bergman), Deliverance (1972, John Boorman), The Shining (1980. Stanley Kubrick) y, claro, Possession (1981, Andrzej Zulawski). Aunque, claro, von Trier como es el mejor director del mundo, sólo se cita a sí mismo: las escenas de sueño provienen de su película Europa de 1991... Muchas escenas recuerdan eventos detallados en Riget.

En 1995, la madre de von Trier murió. Antes de morir, le confesó a su hijo que aquel al que le decía padre, en realidad no lo era. Von Trier rompió toda relación con su padrastro y decidió conocer a su verdadero padre, que era un músico. Su madre justificó el engaño a su esposo en base a la idea de que quería que su hijo tuviera sangre de artista. El director conoció a su verdadero padre sólo para encontrarse con una pared: el músico, que ya tenía familia propia, le pidió que no lo volviera a ver...

Se supone que ese fue el inicio del Dogma 95... Puesto que, luego de ese rechazo y al encontrarse huérfano, von Trier decidió cambiar toda su vida, incluyendo su propuesta estética por algo más honesto ¿Será, entonces, que su Antichrist, una película también sobre la orfandad en la que todos estamos sumidos, representa la verdadera esencia de eso que insistimos en llamar vida?

Por ello regreso a la pregunta del inicio: ¿von Trier se confiesa y nos ofrece su apodo? El Anticristo es él, el que hizo esa película maldita... Una película que, de haber sido realizada y estrenada en otra época seguramente habría terminado en una hoguera.

Aunque, bueno... Nunca es tarde para iniciar una pira...

Siempre será un placer quemar...

Atentamente, el Duende Callejero...